Por: Augusto Trujillo Muñoz

El Congreso y el país

Según los politólogos, nada hay tan parecido a un país como su propio Congreso. En él se refleja la cultura social. Allí se expresan los valores, las contradicciones, los vicios, las esperanzas y las frustraciones de una sociedad cualquiera. Pero además es una institución básica para el funcionamiento de la democracia liberal.

Es ésta una forma de democracia que tiene luces y sombras. Nació en Europa, pero se proyectó sobre el planeta a la manera de un remedio universal, sin consultar el carácter heterogéneo del mundo. Si cada geografía tiene su propia historia, es natural que tenga sus propias instituciones. Sin embargo, ha sobrevivido durante siglos, más allá de Europa, por cuenta de la coherencia teórica del liberalismo y del constitucionalismo. Uno y otro suponen la existencia de dos principios fundamentales para cualquier forma de organización que se pretenda democrática: el principio de las libertades y el principio del control. Aquel para garantizar los derechos ciudadanos, y este para evitar los abusos del poder. Ambos desaparecen cuando no existe el Congreso.

Aun así, los Congresos registran niveles muy bajos de credibilidad, en buena medida, por razones de clientelismo político, corrupción e ineficiencia. Pero también porque la irrupción de la democracia participativa invade cada día más los escenarios que, antes, eran exclusivos de la democracia de representación. En algunos de nuestros países se registran niveles superiores al 35% de ciudadanos que prefieren gobiernos sin Congreso. No están lejos los casos de Joaquín Balaguer, Alberto Fujimori y Hugo Chávez, por ejemplo, que disolvieron el Congreso Nacional para elegir otro que les resultara más cómodo. Tampoco están lejos las consecuencias funestas que produjeron, en términos de autoritarismo y resquebrajamiento del Estado de derecho.

América del Sur vive un proceso de represidencialización en casi todos sus Estados, incluso en aquellos que se asumen como federales. No tiene sentido en estos tiempos de descentralización y de autonomías cultural/territoriales. En Colombia es dramático y no hay contrapeso legislativo. El Congreso está más contaminado de “mermelada” que de vocación descentralista. Una reforma constitucional que mejore la representación de los departamentos en su seno resulta prioritaria. Pero también hacen falta congresistas que, en el esquema normativo vigente, ejerzan el control político. Es preciso recuperar el Congreso porque tiene a su cargo un tipo de control que cada día se vuelve más necesario para la salud democrática. El país echa de menos el control político no solo sobre el Ejecutivo, sino sobre las altas cortes y sobre los organismos autónomos.

Por eso no hay que satanizarlo como institución, ni hacer demagogia con sus funciones, pero sí contribuir a rescatarlo eligiendo buenos congresistas este domingo. Pueden ser caras nuevas, aunque no necesariamente jóvenes. A este país lo consume la corrupción, pero también la inexperiencia dirigente. A menudo se dice que la sociedad ha venido cambiando mucho. Este es un momento para verificarlo porque —para bien o para mal— del cambio de la sociedad depende el cambio del Congreso. Nada hay tan parecido a un país como su propio Congreso.

* Exsenador, profesor universitario.

@inefable1

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