Por: Cartas de los lectores

El coraje de llamarse feminista

“Cuando estoy frente al carro, toma la decisión de lanzarme el carro”, cuenta Patricia Casas en su entrevista para la W del 22 de enero; en esta, habla de su exmarido Hollman Morris. A Catalina Ruiz-Navarro parece no importarle. “Estoy siendo perseguida, amenazada en redes sociales. Mis cuentas y mis números de teléfono están siendo intervenidos”, afirma para la misma emisora, el 28 de enero, Lina Marcela Castillo, quien dice haber sido acosada también por el candidato a la Alcaldía, pero la columnista no tiene tiempo para eso. Apenas un escuálido retuit ofrece en sus redes sociales. Por lo demás, silencio.

El 30 de enero nos cuenta en El Espectador que Gaviota se ha salido de la típica historia de amor, que es revolucionaria, aunque todos sabemos que no es cierto. Sin embargo, espero que nos hable del abuso por parte del concejal, así que el 7 de febrero me sorprendo con “El coraje para ser mariposa”, en donde nos habla de Lohana Berkins y su muerte hace tres años (no sin intentar relacionarla desde su redacción con las muertes violentas, en una jugada sucia de escritor). Pero de las abusadas por Morris, nada. Ni siquiera por ver que María Antonia García de la Torre hubiese expuesto en su columna de El Tiempo el abuso que sufrió por parte del candidato.

¿Por qué no hace mención de esto Catalina? ¿A qué debemos su silencio? A mí me parece que en esta ocasión le pesa más la orilla política que la “sororidad”. Tal vez es por eso que viene a convencernos de que las que llama “mujeres cisgénero” deben rodear a quienes sí se merecen el término “mujeres”, a secas, en su columna (quienes solo lucharon por la comunidad LGTBI), y guarda silencio acerca de las que fueron violentadas no en Argentina, sino en su natal Colombia.

¿De dónde me surge la idea? ¿Recuerdan ustedes cómo, haciendo uso de una gran valentía, denunció al gremio de los publicistas por su machismo o al violento Gustavo Rugeles? Se deshacía en letras para condenarlos. Pero ahora calla y no solamente ante el caso de Morris; su silencio es estruendoso también acerca de las denuncias presentadas desde la Corporación Rosa Blanca; Alexandra Vargas, que denunció haber sido abusada por alias Jerónimo y por alias el Abuelo en las Farc, nos dejó saber que recurrió a Victoria Sandino para contarle. Según ella, la exguerrillera le respondió que tenía que aguantarse, que esa es la vida de la mujer en la guerrilla, que a eso habían ido las mujeres a las Farc. Yamilé Moscué le señaló a la ahora senadora que tenía las manos manchadas de sangre por los abortos forzados de los que la responsabilizó, pero a Catalina Ruiz-Navarro no le importa. Uno la ve abrazada, en Cartagena, a la victimaria; sentándola como personaje ejemplar entre su grupo de Las Viejas Verdes, casi exhibiéndola como un trofeo, sin ningún tipo de vergüenza.

¿Cómo entendemos esto? No nos deja muchas posibilidades la columnista: o interpreta el texto sagrado de Simone de Beauvoir a su antojo y es ella misma quien decide cuál ha llegado ya a ser mujer y cuál no ha podido llegar a serlo (las palabras de la pensadora lo permiten) o simplemente enarbola las banderas de un pensamiento político. En cualquiera de los casos, hay que aplaudirle el coraje —como decían las abuelas—, porque con estos hechos hay que tenerlo. Hay que tener coraje para usar el término “mujeres” como bandera bajo la cual ampara sus intenciones políticas y, sobre todo, hay que tener coraje para, con estos atronadores silencios, proclamarse feminista.

Rafael González. @raforismos

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