Por: Antonio Casale

El corazón de Pékerman

El beso con Matilde, su esposa, después del partido, en la tribuna, fue el sello de una gran jornada de amor entre José Pékerman y su entorno.

Sucedió unos minutos después del juego que Colombia le ganó a Costa de Marfil en Brasilia. Tal vez nunca habíamos visto al entrenador de Colombia expresar sus emociones como ese día. Siempre sobrio, medido en sus palabras y en sus actos, distante con la prensa, impecablemente vestido para cada ocasión, al argentino ese día se le vio su gran corazón.

Durante el partido, cuando las papas quemaban, en el dos a uno, con la banda izquierda de Colombia abierta para que los africanos tiraran centros porque al gran James Rodríguez ya no le quedaba sino corazón para apoyar a Santiago Arias en la marca, Pékerman se desencajó, manoteó, gritó y se metió al campo. A veces esas reacciones del entrenador son necesarias y ayudan a despertar a los jugadores. En su justa medida sirven.

Como también sirve la tranquilidad del argentino para leer los partidos. No es la primera vez que Pékerman cambia la historia del juego en el intermedio. Su lectura es tan impecable como su manera de vestir. Sus decisiones son tan justas como sus declaraciones y la interpretación del libreto que él escribe por parte de sus jugadores es tan diciente como el beso con Matilde.

Por ahora Pékerman está invicto en los mundiales: ha dirigido siete partidos, de los cuales ha ganado cinco, y ha empatado dos, si sumamos su experiencia con Argentina en Alemania 2006 y con Colombia en Brasil. Indudablemente algo tiene don José y no es otra cosa diferente al sentido común, ese que se desarrolla cuando hay línea directa entre el corazón y la cabeza.

 

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