Maratón musical del Pacífico contra el coronavirus

hace 1 hora
Por: Carlos Granés

El coronavirus y el regreso de la realidad a la política

A veces las más delirantes fantasías se materializan de forma azarosa. Hace sólo siete meses, Roger Hallam, líder de la organización ecologista Extinction Rebellion, se explayaba en la BBC con las más delirantes demandas. Decía que había que parar en seco la economía mundial, ya mismo, sin importar las consecuencias que eso pudiera tener para la democracia o para el sistema capitalista, e incluso auguraba el final de la civilización tal y como la conocíamos. Era difícil imaginar que el futuro previsto por este revolucionario mesiánico, que en aquel momento parecía un anticapitalista subido en el tren del cambio climático para armarse de razones morales que le permitieran impulsar un programa tan radical como absurdo, se haría realidad. Hoy, cerca de 2.600 millones de personas están confinadas en sus casas, no hay aviones volando ni carros circulando y el aparato productivo de varios países apenas palpita para evitar el colapso total de la economía y el caos institucional de los Estados.

Al menos eso podemos agradecérselo al coronavirus. Si los ecologistas tenían razón y había que apagar la máquina sin reparar en las consecuencias, la pandemia se encargó de hacerlo por nosotros. Hemos puesto la vida por encima de la economía y ha sido una decisión correcta. Ahora tenemos que pensar cómo será el mundo en el que despertaremos, porque ciertos indicios hacen prever que puede ser muy distinto, quizás peor, del que ya teníamos. Para ese entonces es posible que China, una dictadura que reúne lo peor del comunismo y del capitalismo, esté en camino de convertirse en la primera potencia mundial, y puede que el avance del nacionalismo signifique más desconfianza hacia el comercio internacional y hacia la Unión Europea, y el declive de la pluralidad y de la tolerancia, virtudes forjadas por el cosmopolitismo.

No es un paisaje deseable, pero quizá también haya cambios positivos. Basta con ver la manera en que ha cambiado la discusión pública con la irrupción del virus y el mal trago que ha supuesto para los charlatanes y populistas. Ahora sus liderazgos están verdaderamente a prueba, y ni el despliegue mediático, ni la guerra cultural, ni la fabricación de relatos servirán para ocultar la inhabilidad a la hora de gestionar una crisis. La realidad se los llevará por delante. No servirán de nada los “hechos alternativos” con los que se defendía Trump, ni el relativismo del que se han valido demagogos y nacionalistas para amoldar la historia a sus intereses y avivar riñas y pasiones. Hasta el momento todos estos políticos se habían enfrentado a problemas electorales, que resolvían a su favor dividiendo y enfrentando a la sociedad; ahora tienen delante un problema real.

Dirigida por expertos en marketing, en estrategia y en tácticas discursivas, la política global se estaba convirtiendo en un espectáculo para las masas, en mero gesto y performance, en el arte de crear enemigos inexistentes –el franquismo, los extranjeros, el castrochavismo-, muy fáciles de instrumentalizar para captar votantes. Por eso este regreso abrupto de la realidad puede que sirva para algo fundamental: para recordar que hay una diferencia enorme entre el servidor público que mejora una sociedad y el político narciso y megalómano que se inventa un pueblo que le sirva a él.

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2020-03-27T00:00:32-05:00

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2020-03-27T00:01:02-05:00

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