Por: Tatiana Acevedo Guerrero

El corrupto y su cráneo

Si tomamos una muestra de los funcionarios y empresarios implicados en recientes casos de corrupción a gran escala y esculcamos sus hojas de vida, advertiremos uno que otro detalle.

En general, no provienen de las mismas ciudades ni coinciden en sus filiaciones políticas, posturas ideológicas, acentos o gustos. Sin embargo, tienen algo en común: todos asistieron al pequeño grupo de universidades mejor calificadas del país.

Andrés Arias es economista de la Universidad de los Andes. Miguel Nule es ingeniero civil de la misma acreditada institución. Liliana Pardo es abogada de la Javeriana. Germán Olano estudió derecho en el Externado. El excontralor Moralesrussi tiene títulos en el Rosario y la Javeriana. Y así.

La tesis sostenida apasionadamente por ciertos columnistas, según la cual los recientes episodios de corrupción son el producto directo de “una cultura maldita del narcotráfico” que, además, “aborrece la vida”, carece de rigor. Así como rayan en el delirio las comparaciones entre corruptos y miembros de la cúpula de las Farc.

Antes que protagonistas de “las muñecas de la mafia”, lo que se ve en este pequeño grupo es un universo heterogéneo de personas que, antes de estar en las que están, se sentaron en las aulas por varios años, tuvieron trabajos y no tenían lunar alguno en sus hojas de vida.

Luego en vez de entrar en las pseudo-científicas generalizaciones con las que se suelen evocar los rasgos del corrupto (que utiliza un lenguaje soez, que es propenso a la violencia, que tiene el cráneo pequeño), quizás habría que abordar, mejor, el diseño de las instituciones, el peso de las condenas legales, el poco miedo que infunde el Estado y lo efímero de las sanciones sociales.

Y entonces ahí sí podríamos saber por qué es que en Colombia hasta Flanders, el único ñoño de los Simpsons, se torcería.

 

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