Por: Eduardo Barajas Sandoval

El corte inglés

Las elecciones británicas, que se cuecen a fuego lento, pueden cerrar un ciclo y marcar una vez más el ritmo de la acción del Estado en el mundo occidental.

Gran Bretaña, con la tremenda señora Thatcher a la cabeza, generó el raudal del capitalismo desbocado del fin del Siglo XX. La abolición del papel interventor del Estado, la liberación de los mercados, la rebaja de impuestos a los patronos sobre la base de que ellos serían los generadores de riqueza, la privatización de actividades proveedoras de bienes públicos esenciales y la flexibilidad de las relaciones laborales, con el consecuente abandono de la protección sindical, se convirtieron rápidamente en credo. Credo para esa raza peculiar de los que se deslumbran con cada nueva aventura de interpretación de la sociedad y de la economía y la vuelven moneda corriente, para alimentar una secuencia de ortodoxias que al cabo de un tiempo cede el paso a una nueva moda.

La propuesta de Thatcher no solamente sepultó en Gran Bretaña al viejo Partido Laborista sino que dejó fuera de lugar por varios lustros a quienes se atrevieron a defender todavía el Estado de Bienestar y la intervención reguladora del poder público ante el impulso avasallador de los más fuertes en las relaciones económicas. Su discurso se expandió como fórmula salvadora, principalmente de los poderosos claro está, que eran los que más peligraban con las equivocaciones y el desfallecimiento del entusiasmo y la capacidad de los laboristas para administrar la riqueza colectiva. El modelo hizo carrera al punto que abrió en el mundo occidental un ciclo que llegó a tener consecuencias inclusive en las veredas de Suramérica.

Todo parece indicar que se acerca la hora de cerrar ese ciclo. Porque así como en su momento se llegó a agotar el discurso de la postguerra, con el Estado como administrador y árbitro de la circulación de la riqueza y dispensador de beneficios a los menos fuertes, también el thatcherismo parece haber llegado a sus límites. Su falla más ostensible ha sido el engendro de una extrema desigualdad que tiende a crecer y a polarizar nuevamente a la sociedad en torno al problema de la injusticia en la repartición del bienestar.

Hay quienes dicen en Atenas, en medio de la euforia por la victoria de Alexis Tsípras, que así como las ideas básicas de la democracia se engendraron en Grecia y llegaron a su refinamiento en Inglaterra, promotora a su vez del capitalismo, podríamos estar cerca de un proceso parecido, comprimido en el tiempo. Sostienen que los griegos de ahora, después de haber fracasado por sus propios errores en su intento de Estado de Bienestar, y de haber caído luego en la trampa de los abusos del capitalismo extremo, han desatado una oleada que puede llevar a los demás pueblos de Europa a pensar frente a la crisis económica de una manera diferente. En ese orden de ideas las elecciones generales en el Reino Unido aparecen como un certamen decisivo.

El proceso de las elecciones británicas puede en efecto llegar a ser el corte del ciclo frenético del thatcherismo. Y si eso llega a ocurrir, las consecuencias serán importantes otra vez para el resto de Europa y del mundo occidental, sumergido en los problemas que se han derivado de la aplicación del modelo. Los dos partidos tradicionales, el Conservador y el Laborista, que desde la última década del siglo pasado se llegaron a aproximar ostensiblemente en sus propuestas, particularmente en la época de Tony Blair, han vuelto a plantear posiciones diferentes.

Edward Miliband, jefe del Partido Laborista y por lo tanto candidato implícito a Primer Ministro, no ha sido tímido a la hora de plantear otra vez diferencias sustanciales con los conservadores. Hijo de Ralph, el famoso inmigrante belga que hizo historia como teórico de la izquierda europea, el joven líder socialdemócrata ha recibido de sus opositores el apodo de Red Ed, tal vez para asustar a los flojos comodones de la derecha tradicional, pero se mantiene en su posición de denuncia de las falencias y las injusticias del modelo thatcherista.

Lo cierto es que los dos partidos reconocen que en esta ocasión tienen diferencias de verdad, en cuanto plantean visiones diferentes del Estado. Miliband busca una mayor intervención estatal, para que los mercados no anden sueltos en beneficio de unos pocos. Considera que es mejor que estén regulados y beneficien a todos. También proclama el control de sectores estratégicos como el de la energía, los servicios financieros y la vivienda.

Los conservadores comprenden bien el reto. Saben que, a pesar de sus logros en materia de crecimiento, el modelo de la señora Thatcher tiene fisuras y entienden, porque las cifras son claras, que ha generado una crisis de esa desigualdad pronunciada que conduce a la injusticia social. Justo ahora se rompen la cabeza en la búsqueda de una respuesta adecuada desde su orilla. De alguna manera podría decirse que ambos partidos coinciden en la descripción del mal, pero van a diferir en la receta para enfrentarlo. Esto implica volver, muchos años más tarde, a posiciones que encontraron en el escenario político británico un modelo de debate que llegó a afectar al mundo occidental. Como corresponde a la tradición de una democracia consolidada, la respuesta la darán los electores a principios del mes de mayo de 2015.

Las británicas no serán, como sí fueron las griegas, unas elecciones sorpresivas, aceleradas por las circunstancias políticas. Más bien van camino de ser fruto de un proceso propio de la permanencia y la complejidad de un debate político de instituciones consolidadas, que viven semana a semana la utilidad de una controversia sana y de una competencia de muchos rounds orientados a fortalecer la imaginación política y a cautivar a un electorado cada vez más exigente. Aunque también cada vez, como en todas partes, más escéptico de la capacidad de los partidos para representarlo y de los políticos para interpretar el mundo y proponer algo verdaderamente capaz de cambiar las cosas.

Hay que ponerle atención desde ahora al proceso británico, que a tres meses de los comicios mantiene a los dos grandes partidos en cifras que apenas superan el treinta por ciento de la intención de voto para cada uno. Los electores están siendo, eso sí, cuidadosamente advertidos de la importancia del momento. Un triunfo conservador significaría la consolidación del modelo de los últimos años y se erigiría como dique de contención para la oleada que se ha querido generar en Grecia. Una victoria laborista no solo acarrearía el corte del ciclo thatcherista al interior de la Gran Bretaña sino que vendría a sumarse, como una poderosa fuerza, al movimiento popular originado por los votantes griegos, que contaría con aliados naturales en Italia, Francia, España, Irlanda, Portugal y tantos otros lugares de la Unión Europea donde la desigualdad apabulla a sectores sociales que buscan salidas a las difíciles condiciones del momento, que tenderían a agravarse hacia el futuro.

 

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