El costo brutal del populismo para el mundo

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Cuando los historiadores miren la tragedia enorme que sucedió en el mundo en 2020, dirán que se cerraron países por no cerrar fronteras. Y se preguntarán por qué.

No les va a quedar fácil entender por qué las potencias occidentales, tan curtidas en contener el efecto dominó del comunismo, fueron cayendo inermes una a una frente a un virus, a pesar de que el país donde se originó mostraba alarma total y daba lecciones contundentes de cómo frenarlo. No les será fácil entender por qué una amenaza mundial no generó una reacción mundial. Cómo fue posible que las potencias occidentales no se coordinaran para protegerse.

Les costará trabajo a los historiadores entender por qué no cerraron simultáneamente los vuelos desde China. Cómo fue posible que llegaran solo a Estados Unidos 243.000 pasajeros procedentes de China desde que se supo de la epidemia del coronavirus. Les parecerá increíble que eso sucediera mientras China sí había frenado el transporte desde y hacia algunas zonas del país, especialmente Wuhan. Y no entenderán que ante los altos números de contagios que China reportaba, países fuertemente interconectados pensaran que no sufrirían de una epidemia. Que de nada hubieran servido experiencias como la del virus H1N1, que solo en Estados Unidos hospitalizó a 274.304 personas y mató a 12.469 en un año. Que no se hubieran oído las advertencias del hombre más rico del mundo, Bill Gates, que en 2015 señaló el riesgo de que los virus se hicieran más mortíferos y de la falta de preparación mundial, ni del hombre más poderoso del mundo en 2014, Barack Obama, que convocó a su Congreso para tomar medidas para prever y controlar una pandemia que pronosticó podría llegar cinco años después.

Los historiadores encontrarán varias razones y seguramente les atribuirán importancia a dos de ellas, íntimamente relacionadas. El rechazo a la evidencia científica y la ausencia de liderazgo mundial. El sector conservador que está hoy en el poder en el país más rico e influyente del mundo no reconoce el calentamiento global y viene desmontando uno de los pilares de la civilización occidental, el respeto a la ciencia como el factor más importante para el progreso de la humanidad. Han convertido la desvalorización de la evidencia científica en una herramienta tan útil como aceptada para la acción política del populismo, que es la ola mundial en alza los últimos años.

Y la ausencia total de liderazgo en que se encuentra el mundo, desde que el populismo estadounidense llegó a desmontar la tradición de cerca de 80 años de intenso involucramiento de ese país en los asuntos mundiales y la idea de que las alianzas internacionales fuertes eran la mayor protección que conocía la sociedad moderna contra enemigos autoritarios proclives a las guerras y contra crisis sistémicas que por la globalización afectaban cada vez más a todos los países.

Estamos en la etapa de culpar a China, y es posible que se demuestre que su autoritarismo secretista es el responsable original. Pero los historiadores seguramente encontrarán que la responsabilidad por la tragedia fuera de China es compartida por quienes, obsesionados con construir muros contra el mundo, lo hicieron más caótico e inseguro.

 

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