Por: Mauricio Botero Caicedo

El costo de la ignorancia

En alguna ocasión le preguntaron a Derek Bok, rector de la Universidad de Harvard entre 1971 y 1991, ¿por qué era tan costosa la educación? El académico contestó: "Si usted cree que el costo de la educación es alto, tenga en cuenta el costo de la ignorancia".

Siendo el mayor lastre con que corre una nación la carencia de educación de sus ciudadanos, la tarea de educar es impostergable, y mientras más se demora una nación en educar, más rezagada va a estar en la integración en el siglo XXI. Como bien lo señala el periodista Andrés Oppenheimer en su excelente libro ¡Basta de historias! (Debate, 2010), “Contrariamente al discurso de la vieja izquierda y la vieja derecha en la región, los recursos naturales ya no son los que producen más crecimiento: los países que más están avanzando en el mundo son los que le apostaron a la innovación y producen bienes y servicios de mayor valor agregado. El mundo ha cambiado. Mientras en 1960 las materias primas constituían 30% del producto bruto mundial, en la década de 2000 representaban apenas 4% del mismo. El grueso de la economía mundial está en el sector servicios, que representa 68%, y el sector industrial, que representa 29%, según el Banco Mundial”. Para el autor argentino es evidente que, sin poblaciones con altos niveles de educación, los países de América Latina no podrán competir en la nueva era de la economía del conocimiento, donde los productos de alta tecnología se cotizan mucho más en los mercados mundiales que las materias primas, o las manufacturas con poco valor agregado.

Ahora bien, el Estado tiene oportunidad de acceder a cuantiosos recursos para ser invertidos exclusivamente en la meta de transformar radicalmente la educación en Colombia: vender, sin dilación alguna, su participación en Ecopetrol. De inmediato saltarán tres tipos de objeciones: la primera es que el Estado, para el manejo de la política energética, necesariamente tiene que tener control de Ecopetrol. Este es un planteamiento espurio. A nadie se le ocurriría reclamarle al presidente Obama sobre su incapacidad de manejar la política de hidrocarburos ya que el Gobierno de EE.UU. no es el propietario del 51% o más de las acciones de la Exxon. Para imponer políticas y reglas del juego, es absurdo insistir en que ser accionista es el camino único. El segundo argumento es que se está vendiendo la ‘vaca lechera’, o los muebles, para pagar el mercado. Dicho argumento es igualmente espurio, ya que por lo menos el 40% de las utilidades van a seguir entrando a las arcas del Estado en forma de impuestos. Pero principalmente, la educación es bastante más rentable que Ecopetrol. Finalmente, el argumento es que estos recursos terminan robándolos. Este último tiene mayor peso, pero si se mantienen los recursos producto de la venta en un fondo internacional (como hacen Noruega y Chile), con la única finalidad de educar colombianos en el exterior y traer excelentes profesores y universidades a educar a los que se quedan, se minimiza este riesgo. Para Colombia, el costo de la ignorancia es impagable.

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Apostilla 1: Uno no puede estar más de acuerdo con el candidato a la Alcaldía, Gustavo Petro, cuando en reciente entrevista afirma (El Espectador, sept. 11/11): “Al Polo se lo tomaron las mafias y no quisieron quitárselas de encima”. ¿Será que algún día se sabrá la verdad de quiénes dentro del Polo son los responsables de haber permitido que se enquistaran estas mafias?

Apostilla 2: Es tal el nivel de desmanes, abusos e indelicadezas en algunas de las cortes, en especial el Consejo de la Judicatura, que empieza uno a darle credibilidad a quienes los tildan como el “Cartel de la Toga”.

maubotcai@yahoo.com

 

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