Por: Rodrigo Lara

El costoso cáncer de la salud

A propósito de la crisis del sistema de salud, Alejandro Gaviria escribió en su columna de hace dos semanas sobre los incentivos perversos del sistema de recobros al FOSYGA.

Para Gaviria, el sistema de recobros es una invitación al fraude, una ocasión para algunas EPS de cobrarle facturas inexistentes o infladas al Estado. Y concluye que nada o poco se ha hecho para desmontar un sistema de recobros pervertidor, el cáncer del sistema.

Ciertamente, el descontrol en los recobros permite la corrupción. Así mismo, las EPS no tienen incentivos para recobrar al FOSYGA los medicamentos más baratos, porque en últimas el Estado termina pagando las cuentas que le pasen, y entre más caro el medicamento pues mayores son sus márgenes de intermediación.

Pero inclusive en la hipótesis de un sistema ideal sin estos incentivos perversos, el problema de fondo – el cáncer- persiste: lo que se recobra es muy caro a precio de mercado. De los diez medicamentos más recobrados al FOSYGA, seis son productos de biotecnología, que hoy son monopolio en el país de unas cuantas multinacionales farmacéuticas.

A todo monopolio es consustancial el abuso en los precios. Para bajar los exorbitantes costos de estos medicamentos, el gobierno piensa adoptar un control de precios. Pero me temo que la medida sea de difícil aplicación, porque los medicamentos de última generación no tienen precios de referencia internacional precisos, debido a que no se comercializan a granel; sus ventas son el resultado de negociaciones de Estado, que los compran a escala para sus sistemas de salud.

La quimio a este cáncer consiste en romper estos monopolios con el desarrollo de una producción nacional de biotecnología que le compita a las multinacionales. Pero los obstáculos para este desarrollo son mayúsculos. A pesar de que la biotecnología no es patentable, hoy somos el único país de América Latina que establece una protección de cinco años de los estudios de seguridad y eficacia de estos medicamentos, lo que en la práctica es una patente disfrazada. Así mismo, el INVIMA le exige a un productor nacional que desea producir un genérico de estos, que reproduzca los mismos estudios que desarrollaron a su vez las multinacionales. Estudios que cuestan miles de millones de dólares, que una multinacional puede compensar con sus ventas globales, pero que son inalcanzables para los ingresos locales de un laboratorio nacional.

Los medicamentos de biotecnología son mucho más baratos en Brasil, Argentina y México por la simple razón de que en esos países florece una industria nacional de biotecnología que compite con las multinacionales. Por eso es que en Argentina un producto como el Interceron (cáncer) cuesta 37 mil pesos, mientras que aquí el monopolio nos cobra entre 300 y 400 mil pesos.

Cuando en Colombia se vencieron las patentes de los fármacos en los años setenta, inmediatamente floreció la producción nacional de genéricos. El siglo XX fue el de la química, el de los fármacos. El siglo XXI es el de la biotecnología. El gobierno está frente a dos senderos que se bifurcan; puede proteger los monopolios de las multinacionales con argumentos de `sacrosantas` reglas de los mercados; o puede reglamentar el desarrollo de medicamentos nacionales de biotecnología, lo que en últimas es una decisión de fondo sobre la sostenibilidad del sistema de salud y el acceso de la población a los medicamentos de este siglo.

@rodrigo_lara_

 

 

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