Por: William Ospina

El crimen y la historia

Una nota sobre “El irlandés”, de Martin Scorsese.

Ya de la guerra salió convertido en asesino. Un asesino obediente y complaciente, empeñado en quedar bien con sus jefes. En su trabajo posterior aprendió a robar, para satisfacer a sus cómplices. Tanta eficacia y tan obediente lealtad lo hicieron ascender como sicario al servicio de hombres poderosos. El tipo de servidor al que no hay que explicarle mucho qué debe hacer. Le basta al jefe decir quién le incomoda, no especificar la tarea, y agregar como en la guerra la fórmula eficaz: “pero date prisa”.

Si bien es irlandés, lo unen con los italianos sus recuerdos de la guerra y la formalidad ante esas grandes instituciones respetables: la familia, la iglesia. El sentido de la sociedad está demasiado lejos de estos seres perdidos en una rutina de apetitos y acción. Para ellos la familia es un escondite, la iglesia un sistema de licencias, un hábito de ceremonias que los dispensan de obrar bien, la ley una carrera con obstáculos.

Lo cierto es que en algún momento el capo Russell Bufalino (Joe Pesci) le dice a Frank Sheeran (De Niro), para demostrarle que Jimmy Hoffa, encarnado soberbiamente por Al Pacino, puede morir, una frase llena de revelaciones: “Los que han matado a un presidente, por qué no van a matar a un sindicalista”. Y uno siente que no han matado a ese presidente porque encarne la ley o el poder del Estado, sino porque se sienten traicionados en algún acuerdo secreto.

Aunque aparentemente el tema de El Irlandés, la poderosa película dirigida por Martín Scorsese y producida por Robert de Niro, son los crímenes de un sicario a lo largo de toda su vida al servicio de las mafias italianas en Norteamérica, tal vez la gran pregunta que nos formula es de qué modo conviven y se apoyan mutuamente lo legal y lo ilegal, la ley y el crimen, un largo hábito de asesinatos y traiciones con el deseo de los asesinos de pertenecer a un orden, de sostener las familias, las costumbres y los rituales de la civilización.

Lo que nos muestra esta saga, tan extenuante y tan conmovedora como el Novecento de Bertolucci o como Érase una vez en América de Sergio Leone, es de qué manera el crimen forma parte, si no del orden del mundo, por lo menos del mosaico de la realidad; a través de qué Judas se entienden dios y el diablo; cómo se comunican, se invaden y se influyen la política y la delincuencia, los sindicatos y los jueces, las mafias y las instituciones, el crimen y la historia.

Esas cosas que la leyenda oficial nunca nos cuenta a tiempo, el rumor las ha contado desde el primer día. El oído humano es hábil en oír las piedras que hacen sonar al río. Por eso todo el mundo ha oído que los abuelos Kennedy traficaban con alcohol en tiempos de la prohibición, que el asesinato del presidente y de su hermano el fiscal pudo deberse menos a los forcejeos políticos de la Guerra Fría que a sórdidos ajustes de cuentas entre poderes ocultos.

Estos maestros italianos saben iluminar desde la calle los estrados del poder, desde los suburbios y los sótanos los dramas grandes de la historia. La Guerra Fría, el desembarco en Bahía de Cochinos, la muerte de Kennedy, aparecen aquí permeados y cruzados por las mafias, respondiendo a cosas que fermentaban en los callejones y en los bajos fondos. Y el arte grande de estos narradores nos permite seguir los trazos de la historia sin dejar de regodearnos en la infinitud de los detalles: esos Bentley y esos Jaguar de los años 50, esos viejos aparatos de radio, el catálogo de las armas y sus inconvenientes, la adicción a los cigarrillos o a la sangre, los trajes, los peinados, los decorados, las músicas, la siniestra coreografía de los crímenes, el arte laborioso de la fotografía y la maestría de la composición bajo una luz sabiamente diseñada.

Uno siente que nada de lo que esos hombres parecen perseguir justifica la vida a la que se resignan. Que no es la riqueza, que a menudo obtienen y pierden por el camino, ni el desvelo por sus familias, a las que finalmente destruyen, ni el poder, que sólo obtienen por instantes, lo que los lleva a robar, a matar, a ensangrentar, a traicionar, a ser huéspedes de las cárceles, a vivir en la indignidad, en la irrisión y en el vacío moral. Algo oscuro, triste, acaso inexpresable, los arrebata y los somete a una rutina infernal, de poderes que no pueden exhibir, riquezas que apenas pueden disfrutar, victorias que dejan un sabor amargo.

¿Y cómo sienten todo esto los que viven fatalmente a su sombra? Scorsese nos deja ver los matices de la sospecha, de la desconfianza, de la evidencia, que van desencantando a las familias. El modo como la actitud de una hija atormentada, su sorpresa, su desencanto, su miedo, su decepción, su alejamiento, su rechazo definitivo, van puntuando los descensos de un hombre en el camino de su envilecimiento.

Tres horas y media bastan para mostrar no solo cómo se desgarra un mundo sino para ver cómo se despeña un alma, casi sin darse cuenta, en los abismos de la insensibilidad y de la infamia. Cuando este hombre se vuelve a mirar lo que hizo de su vida, no le queda siquiera un argumento para arrepentirse, un rescoldo de aprecio por sí mismo para deplorar el pozo al que se ha abandonado. El director apenas consigue dejarle la puerta entreabierta, una estría de mundo, que lo salve en los últimos instantes de estar a solas, sin remedio, consigo mismo.

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2020-01-05T00:00:51-05:00

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2020-01-05T00:30:01-05:00

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