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hace 13 horas
Por: Hugo Sabogal

El cristalero mayor

La mayoría de la gente no sabe que las características de una copa influyen  en la experiencia de disfrutar un vino. Unos dicen que es el material el que importa y otros sostienen que son los diámetros y las formas. Riedel nos explica. 

El clan Riedel, originario de Bohemia, le ha enseñado al mundo a beber vinos y destilados en sus ya famosas copas de cristal. Durante casi dos siglos y medio, Riedel elaboraba objetos y recipientes de gran calibre, profusamente decorados y tallados.

Pero a finales de la década de los 50, Claus Riedel, representante de la novena generación de empresarios y artesanos cristaleros, se convenció de que el futuro de sus copas, decantadores y vasos yacía en recipientes más livianos y delicados, como los fabricados por los productores Murano, la célebre isla veneciana.

La primera nueva copa de cristal propuesta por Claus fue la Borgoña Grand Cru, capaz de alojar en su cáliz más de 1.000 milímetros de vino, es decir, por encima de un litro. Fue tal la euforia despertada por el recipiente que el Museo de Arte de Nueva York lo incorporó en su muestra permanente. Otra característica sobresaliente del copón, aparte del tamaño, es su largo tallo, diseñado para sujetar el recipiente y evitar así el calentamiento y la consecuente volatilización del vino. “Mi padre fue un adelantado”, comentó Georg Riedel, su hijo, en una pausada conversación que sostuvimos en el Gun Club, de Bogotá, durante una reciente escala en Colombia.

Georg admite que, a diferencia de su progenitor, a él le tocó fácil. “Por aquellos días ni siquiera las grandes figuras del vino, como el barón Philippe de Rothschild, creyeron en las primeras copas de cristal producidas por mi padre. Consideraban que no eran dignas de sus famosos mostos. En cambio, yo pertenezco a una época donde el vino se ha puesto de moda, al igual que todo lo que lo rodea”.

El trabajo de Georg ha estado orientado a desarrollar nuevas colecciones y a perfeccionar la construcción de sus copas para realzar los aromas y sabores de cada una de las principales variedades de uva y de los estilos de las bebidas. “Lo que hago no pertenece al mundo de la química, sino de la física. El primero les pertenece a los enólogos, los masters blenders de whisky y los fabricantes de cognac. Lo mío es crear objetos para transmitirle al consumidor una experiencia sublime”.

Según Riedel, la clave de sus copas radica en sus formas y sus diámetros. Si una variedad, como la Chardonnay, es débil en acidez natural, el diseño de la copa debe potenciarla hasta encontrar un equilibrio. Lo mismo ocurre con variedades tintas como la Pinot Noir y la Cabernet Sauvignon. La primera es ligera, con taninos muy opacos, y por ello debe servirse en una copa para fortalecerlos. Lo contrario ocurre con la cepa Cabernet Sauvignon, notoria por su carga de taninos y astringencia. Aquí la idea de la copa es moderarlos hasta alcanzar la armonía”.

¿Y qué tanto incide el material de la copa en la transmisión de las propiedades del vino, por ejemplo? “En nada”, dice Riedel. “Lo que importa es la forma y el diseño”. Georg se inclina ligeramente hacia delante como queriendo revelar un secreto y me dice que ha tomado vino en copas de acrílico, perfectamente elaboradas.

“Y no he sentido ninguna diferencia con las de cristal. En verdad, los insumos de las copas se parecen a los materiales utilizados para la elaboración de prendas. Una cosa es el cachemir y otra la lana; ambas protegen, pero hay una diferencia de tacto y textura. Así ocurre con las copas. Uno elige —por gusto o por presupuesto— si quiere que sus accesorios sean de cristal, vidrio o acrílico. El cristal, es cierto, es transparente y delgado, y comunica más rápidamente las virtudes del vino. Pero nada más”.

Para Riedel, las copas de cristal, especialmente las líneas de mayor costo, son el “traje formal” del vino. Para ocasiones menos sobrias, en cambio, están las copas “O”, creadas por su hijo, Maximilian, representante de la undécima generación del clan Riedel. Se trata de una copa sin tallo. Aunque la forma del cáliz no varía, la copa “O” luce y se siente como un vaso.

¿Y luego los Riedel no nos habían enseñado que las copas más adecuadas para degustar un vino son aquellas que tienen un tallo para sostenerlas?”, le pregunto. Georg se levanta ligeramente del asiento y me mira fijamente antes de decirme que si sus copas tradicionales representan el “traje formal”, las copas “O” son los blue jeans. “Son más estables y divertidas, y se pueden limpiar en el lavaplatos, sin riesgo de ruptura”, agrega.

“Y si ahora me va a interpelar acerca de que hay que sostener el vaso en la mano y correr el riesgo de aumentar la temperatura, le contesto que estas copas deben utilizarse para tomar un sorbo y luego ponerlas encima de la mesa. Uno no sostiene una taza de café o de té en el aire todo el tiempo, ¿o si?”.

Riedel es un hombre de carácter fuerte y opiniones firmes. Confiesa que construyó su casa, en Austria, alrededor de su cava de vino, donde guarda joyas del Viejo y del Nuevo Mundo. Toma vino todos los días y lo considera un alimento. Su región elegida es Borgoña y su variedad preferida es la Pinot Noir, como ocurre con los bebedores más exigentes. También se declara aficionado al Piamonte italiano y a los Barolo de esa zona. Pasa 120 días del año montado en un avión “porque no hay mejor vendedor que uno mismo”.

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