Por: Juan Esteban Constain

El cruce de caminos

Esta Semana Santa la he pasado, como todas desde que tengo uso de razón, viendo las habituales películas sacras que los canales nacionales han transmitido desde el principio de los tiempos.

Y siempre en el mismo orden: Ben Hur, Moisés, El manto sagrado, la versión animé de los viajes de San Pablo, el Jesús de Nazaret de Franco Zeffirelli, en fin: hasta el Barrabás de Anthony Quinn me lo vi una vez con los comentarios del Padre García Herreros, que eso ya era incurrir en la erudición.

Pero debo decir que no me importa en absoluto que esas películas sean siempre las mismas, ni que sean tan viejas que muchas de ellas datan ya de los tiempos que recrean, volviéndose casi documentales en los que los personajes bíblicos no son actores (como creemos) sino ellos mismos en su propia piel: el Moisés de la película es Moisés, y el Emperador Tiberio tenía un indudable parecido con Ernest Thesiger. Y no me importa nada de eso porque son cintas maravillosas, hechas todas con los mejores insumos de su tiempo: los mejores directores, las actrices más bellas. Películas monumentales de verdad, atravesadas por tormentas apocalípticas y pedazos de mármol que luego se funden en olivos y en el vino servido sobre el barro.

En últimas también es eso lo que me gusta tanto de las películas de Semana Santa: que en ellas, como en los Evangelios o en las historias de Flavio Josefo, se ve perfectamente la relación entrañable, esencial, entre el paganismo griego y romano y la herencia judeocristiana. No en vano el símbolo del destino de Jesús es la cruz, el cruce de caminos: la madera en que se dan cita, sobre la carne de Dios, Platón y los profetas.

Alguna vez, en otra Semana Santa, transmitieron una versión moderna de los viajes de Ulises. Me pareció entonces un acierto teológico maravilloso: porque ahí también está el mensaje de Cristo, latente en las aguas del Egeo. Como dice don Nicolás Gómez Dávila (quién más): el paganismo es el otro Antiguo Testamento del cristianismo.

Y sí: sólo cuando el evangelio, la “buena nueva” de Jesús, salió del ámbito estrecho del judaísmo y cayó en las manos de los griegos y de los romanos, el cristianismo fue un hecho universal y no apenas la herejía de una secta. Gracias a Alejandro Magno, entre otras, que tres siglos antes había puesto a hablar la lengua griega por todo el Oriente próximo, aun en las comunidades judías de Anatolia.

Gracias a San Pablo, que predicó en el Areópago, y en griego, a los atenienses. Ese fue el milagro, cuando se cruzaron Sócrates y Cristo.

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