Por: Julio César Londoño

El cuento chino

EL 7 DE ABRIL EL ARTISTA CHINO AI Weiwei fue arrestado por orden del gobierno, que lo acusa de evasión de impuestos y consumo de pornografía.

El hecho despertó protestas públicas en Hong-Kong y ha tenido resonancia mundial porque Weiwei es la principal figura de la plástica china. Entre sus obras se destaca el diseño del “Nido de los pájaros”, el escenario central de los Juegos Olímpicos de 2008. El año pasado llenó el Turbine Hall de la Tate Gallery de Londres con miles de semillas de girasol artificiales idénticas, pintadas a mano una por una, para protestar contra la homogenización ideológica del pueblo chino. Poco antes había publicado una lista con los nombres de todas las víctimas del terremoto de Sichuan en 2008. Incluyó los nombres, ignorados en las listas oficiales, de los cientos de estudiantes que murieron durante el sismo, aplastados por las estructuras de colegios mal construidos, como resultado de la corrupción. También han sufrido el acoso oficial Guo Gai, por sus fotos de denuncia sobre el consumismo en China, y los hermanos Gao, que osaron exponer bustos de Mao con senos y nariz pinochesca. Cheng Li, que ejecutó un performance de sexo en vivo, está siendo “reeducado” en la cárcel. El Nóbel de Paz de 2010, el disidente Liu Xiaobo, acaba de completar doce años de cárcel.

El partido descalifica a todos los disidentes con las manidas etiquetas de “burgués”, “depravado” o “criminal y traidor”, como llaman ahora a Weiwei. En realidad el partido está incómodo por las continuas denuncias de Weiwei sobre la corrupción oficial y las restricciones a la libertad de expresión. Cuando les enrostran estos problemas en los foros internacionales, los funcionarios dan la típica respuesta totalitaria: nos preocupan más otros derechos del pueblo, como la educación y la salud, dicen, y se jactan de tener un índice Gini casi igual al de los Estados Unidos, pero se cuidan de recordar que los indicadores sociales de los Estados Unidos están entre los peores del primer mundo. Con su audaz invento, socialismo de Estado + economía de mercado, los chinos están sumando defectos: la intolerancia del comunismo y la inequidad del capitalismo.

Se repite una vieja historia. Con frecuencia, un incremento general de la riqueza agregada oculta, como ocurre en China, en la India y en otras pujantes economías asiáticas, disparidades aberrantes en la distribución.

Es innegable que el milagro chino tiene un trasfondo oscuro. Su apertura ha consistido en trasladar las fábricas de las regiones de salarios altos a las de salarios bajos, o a las factorías de alta mar, enormes barracas flotantes cuya “flexibilidad laboral” horrorizaría a los remeros de las galeras. Las durísimas condiciones en que trabajan dos millones de mineros en los yacimientos de carbón del norte del país es apenas una muestra de la situación del obrero chino.

En teoría, el crecimiento económico favorece a todos, pero el chino ha beneficiado de manera desproporcionada a un sector de industriales y comerciantes poderosos y bien conectados, mientras el grueso de la población sigue viviendo en condiciones difíciles.

Gracias a la ganga de mano de obra, a una legislación laboral laxa y a la depreciación artificial del yuan, las exportaciones chinas han quebrado miles de empresas en muchos países, y reducido los ya bajos ingresos de los obreros en todo el mundo.

Los que alguna vez creímos esperanzados que China había encontrado la anhelada “tercera vía”, que su milenaria cultura y su poder económico serían un contrapeso saludable al consumismo y a la hegemonía de las potencias occidentales, hoy tenemos que aceptar que la China es apenas un problema más.

 

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