Por: Julio César Londoño

El cuento y la flecha

Primero, una confesión: detesto las novelas policiacas.

No concibo que deba uno leer 400 páginas para descubrir que el asesino de la condesa de Lexter era su yerno, y que todo se supo porque entre los dedos de la señora encontraron un pelo que llevó al sagaz detective a deducir que el asesino tocaba el saxo, vivía en el 114 de Tottenham Street y no era calvo.

No. A mí me basta con saber que la viejita fue destripada honradamente. En cuanto al desarrollo de la historia, prefiero que sea económico. Me explico. Cuando exijo soluciones honradas quiero decir que el final debe ser lógico, es decir, que el detective no le deje todo el trabajo al computador y que el asesino no sea un tipo con poderes sobrenaturales ni un sicario que aparece a última hora contratado por una sociedad secreta que tiene tentáculos en Roma, Tokio y Antofagasta, y cuyos miembros, descendientes directos de los templarios, se reúnen los jueves a tomar té con galletas y componer sonetos en honor de la condesa de Lexter, que era el jefe máximo pero, por desgracia, nadie estaba al tanto debido al carácter mismo de la sociedad.

Cuando digo que prefiero un desarrollo económico, quiero decir que para este tipo de historias el género perfecto es el cuento. Así nos evitamos los templarios, las galletas, las alusiones al clima, la descripción del camafeo de la condesa y las tensas conversaciones wildeanas junto a la chimenea.

Entre los cuentos policiacos, mis favoritos son los que ensayan soluciones al “problema del cuarto amarillo”: la víctima aparece asesinada en una habitación herméticamente cerrada por dentro.

La primera solución se llamó Los asesinatos de la Rue Morgue y se la debemos al inventor del género, un borracho que fue también el primero en descubrir al lector y escribir crítica técnica, Edgar Allan Poe. Un tipazo. Punto muerto de Barry Perowne y La navidad de Hércules Poirot de Agatha Christie resuelven con elegancia sus nudos.

Un paréntesis: a Conan Doyle le pareció que el asesinato de un mero prójimo era muy fácil y escribió una historia en la que el criminal asesina 300 personas de un solo golpe sin dejar el más mínimo rastro de ellas (¡nada de pelos!) ni del tren en que viajaban. Claro, no pudo hacerlo todo dentro de una habitación, pero el resultado fue impecable: El tren especial desaparecido.

Yo estoy escribiendo la enésima variante, El caso del avión amarillo. Está inspirado en el asesinato de Carlos Pizarro y prometo que tendrá un final honrado: no hay computadores ni señalamientos al DAS.

La solución más linda hasta hoy nos la regaló G. K. Chesterton. Es la historia de un hombre asaltado por el presentimiento de que va a ser asesinado por la espalda. Entonces manda a construir una torre inexpugnable, sin puertas ni ventanas, y se residencia allí. Sus sirvientes le preparan los alimentos que él iza tres veces al día con una cuerda y un canasto.

Un día el caballero no lanza el canasto. Preocupado, uno de los sirvientes escala la torre y lo encuentra muerto en la terraza, apuñalado por la espalda. ¡Pero no hay puñales ni senadores a la vista! Nada. Sólo un pocito de agua al pie del cadáver. La policía descarta la posibilidad de que el asesino haya sido un avezado escalador porque la torre está en mitad de una llanura custodiada por hombres y por una jauría insomne y celosa. La traición de los sirvientes está descartada. La solución que nos regala Chesterton es lógica y económica. El asesino esperó a que el caballero diera su paseo vespertino por la terraza, tensó el arco y disparó una flecha de hielo silente y exacta...

Por finales así es que Chesterton figura como el más honrado cuentista policiaco de la historia.

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