Por: Reinaldo Spitaletta

El culebrón de Santos

En el  discurso de posesión, lleno de lugares comunes, el presidente Santos advirtió a sus votantes (y en general a los colombianos) que “no los defraudaré”, una frase que, desde hace años, utilizan los nuevos mandatarios para crear ilusiones.

Recuerdo, por ejemplo, a Menem en Argentina con la misma frasecita y luego llegó la debacle neoliberal: privatizaciones,
corrupción, represión y generación de miseria, que se agudizó con su reelección.

El eslogan del nuevo gobierno, “la prosperidad democrática”, suena, por lo menos, a demagogia. Los discursos de apertura se prestan para el efecto. Santos, miembro de la rancia oligarquía colombiana, hizo parte del gobierno anterior, que dejó al país sembrado de desastres, bien conocidos pese a las cortinas de humo y las tácticas comunicativas oficiales.

O habrá quiénes digan que no es un desastre, sobre todo para los pobres de este país de riquezas, que en los ocho años del gobierno uribista –insisto, del cual Santos fue una de las estrellas- que el 12 por ciento de la población esté desempleada y haya cerca de un 60 por ciento en la denominada “informalidad”, que carece de seguridad social y pensiones. ¿O no será parte de la hecatombe el aumento de desposeídos y de indigentes, precisamente por las políticas  económicas que favorecieron, con creces, a banqueros y magnates, a los inversionistas extranjeros y corporaciones transnacionales?

Según analistas económicos, en el gobierno de Uribe prevaleció el viejo modelo de “crecimiento sin empleo”. Y no se ve de dónde un representante mimado de Washington y de las “aristocracias” criollas vaya a darle un vuelco a la situación de desventuras económicas y sociales de las mayorías. ¿Acaso Santos traicionará a los de su clase? ¿Su gabinete, por ejemplo, no ha sido calificado por algunos estudiosos y críticos como la “selección Colombia neoliberal”?

Tal vez, como dicen las señoras, con Santos haya un cambio de estilo, de vestuario, quizá con menos vulgaridades como esa de “si te veo, te doy en la cara, marica”, pero en el fondo es la continuación de Uribe. El legado que éste le deja, y  que corresponde en esencia en lo económico a las directrices del Consenso de Washington, es, además de la pauperización del pueblo, el de una institucionalización herida, de corrupciones inimaginables, de politiquería, clientelismo y de acciones propias de modelos mafiosos, como eso del “todo vale”, en fin. Y Santos, como es fama, contribuyó en buena parte a la erección de esa manera de gobernar.

Históricamente, gobiernos (liberales y conservadores,  oligárquicos) anteriores se despacharon con consignas como las de “cerrar la brecha” entre ricos y pobres, y lo que hicieron fue enriquecer más a aquéllos y tornar más miserables a los pobres.  Hoy vuelve la misma palabrería, con promesas y anuncios de “unidad nacional”, que, con certeza, terminarán con las mismas o más amplias y hondas frustraciones para los que han  estado al margen de las decisiones y más bien son víctimas de ellas.

Uno de los países de mayor inequidad en América Latina es Colombia, país en el cual, por lo demás, no ha habido una reforma agraria de carácter popular, pero sí contrarreformas, como las realizadas por el poder paramilitar. Los discursos del poder están plenos de generalidades y buscan, como los de la publicidad, la seducción y el ocultamiento de lo esencial. Suena bonito “prosperidad democrática”, así como otros maquillajes. ¿Sí será posible que haya una reforma agraria que favorezca a los millones sin tierra y afecte a los terratenientes?

De pronto, y por artes esotéricas, Santos aparece como la “salvación”. Ya no está vinculado a los “falsos positivos”, ni a
las chuzadas del DAS, ni a ser un “santón” del neoliberalismo no sólo en el gobierno pasado (¡uff!), sino en otros del cual él hizo parte. No. Ahora es el que volverá próspera a la inmensa “pobrecía”. Verdad que suena sabroso. Discurso vendedor, de alta culebrería.

“No los defraudaré”, resuena la promesa. Amanecerá (ah, también habló de un “nuevo amanecer” –otro lugar común-). Sí, amanecerá y veremos, como dijeron los ciegos.

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