Por: Francisco Gutiérrez Sanín

El cumpleaños de una chica de plastilina

CON MOTIVO DE LA CELEBRACIÓN de los 20 años de la Constitución de 1991, han aparecido dos clases de artículos.

Por una parte, los que la celebran, justamente, como un parteaguas político, social e institucional, como el acto que nos mostró algo del sabor de la modernidad de verdad-verdad. Por otra, los que lamentan las numerosas, anárquicas, a veces absurdas, generalmente retrógradas, reformas que ha sufrido. Las dos metáforas predilectas, y contrastantes, para retratar la Constitución en este periodo han sido la del faro, y la del cuerpo abierto sometido a sucesivas cirugías sin anestesia.

Casi nadie, que yo sepa, ha sugerido un debate sistemático sobre el sencillo diseño institucional que vincula a esta pieza maestra de reforma y modernización con el activismo constitucional errático y desbocado que la siguió; que conecta al foco luminoso con el cuerpo torturado. Mauricio Solano, un tesista de maestría del Iepri, lo identificó y describió en su trabajo final (del que fue jurado esa estupenda persona que fue el exconstituyente Ramírez Ocampo). Consiste en lo siguiente. La generalidad de las constituciones del mundo se defienden a sí mismas básicamente con dos mecanismos estabilizadores: las demoras, es decir, someter el trámite de reformas constitucionales a varias vueltas, y las supermayorías, esto es, la exigencia de que las reformas constitucionales sean aprobadas por mayorías calificadas. La norma en el mundo probablemente sea la de las dos terceras partes del quórum, pero a veces se sube a las tres cuartas partes, o las dos terceras del conjunto de miembros del cuerpo colegiado respectivo. Los arquitectos de la Constitución de 1991 decidieron quedarse sólo con uno de esos dos mecanismos, las demoras. Pero desde el punto de vista del umbral de votación, es mucho más difícil aprobar el viaje de un parlamentario que reformar la Constitución.

Esto plantea dos preguntas. Primero, cuáles son las razones que dieron origen a ese dispositivo tan extraño como peligroso. ¿Se intentaba establecer un contraste con la vocación de permanencia de la Constitución de 1886? ¿Acaso se quería impedir profilácticamente un fenómeno como el del inmovilismo del Frente Nacional? ¿De pronto se pensaba que esta modalidad de “fácil acceso” a las reglas de juego era más democrática? De ser así, se trataría de un serio error. La inestabilidad institucional endémica no tiene nada de amable o democrático. Mi primer instinto sería formular la hipótesis, contra la cual no tengo todavía evidencias, de que simplemente nadie se fijó en el tema, y que por una serie de automatismos y de actos reflejos terminamos con una constitución muy buena, pero que es una chica de plastilina.

Pero eso de ser una chica de plastilina es enfermedad de adolescentes. La Carta del 1991 ya ha alcanzado la mayoría de edad. Y eso me lleva directamente a la segunda pregunta: ¿cómo superar el problema? Afortunadamente, en este caso en la identificación del boquete están contenidas ya las instrucciones para taparlo. No soy constitucionalista, y no me interesa serlo de aquí a las próximas cinco reencarnaciones. Pero se me ocurre que, ya que hay un consenso tan amplio y vigoroso alrededor de las maravillas de la Constitución, ya que consideramos que, con todos los límites obvios, ella constituyó una puerta abierta, o entreabierta, a la modernidad, ya que sabemos que enfrenta amenazas reales de nuevas operaciones a palo seco, es necesario hacerle aún un cambio más. Uno solito. Estabilizarla con el mecanismo de las supermayorías, como en otras latitudes. La chica es bonita, creció, todo el mundo parece quererla. Es hora de que la dejemos sentar cabeza.

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