Por: Lorenzo Madrigal

El cura de San Lorenzo

Tal vez no hay acontecimiento  que me haya impresionado más en mi larga vida natural y periodística (comenzó a los diez años, cuando me vi en frente de Jorge Eliécer Gaitán) que el 9 de abril de 1948.

¡Mataron a Gaitán! Y “yo no fui” parece decir aún la rancia oligarquía capitalina, aquella que nació en el Country Club, como se acredita el actual presidente. No me refiero a él, que no estaba aún en la mente de Dios, pero hay una versión y es la de que, ante la inminente presidencia del líder popular, jefes refinados de su propio partido pudieron haber conspirado en su contra.

Si acaso hubo conspiración y no ocurrió lo que dijo el iconoclasta expresidente López Michelsen, quien atribuyó el hecho brutal a la simpleza de un lío de faldas. Pero, a ver, no de amoríos de Gaitán, sino de su asesino, quien le prometió a su novia que no sería más un don nadie y que vería su nombre en las páginas de los periódicos.

Tampoco es creíble. Más increíble todavía es que fueran los curas, desde sus púlpitos, los que azuzaran el asesinato. Hombre, no. Son fanatismos que todavía emergen de las tumbas históricas. El crimen no se esclareció y Scotland Yard, llegando al aeropuerto Olaya Herrera, fue robado con todos sus instrumentos de investigación al pisar Bogotá.

Al Gobierno conservador, ni porque fuera asesino, le convenía un magnicidio, hallándose en la ciudad una altísima delegación internacional, con motivo de la Conferencia Panamericana. Al comunismo internacional sí, interesado en sabotearla.

Al día siguiente de los espantosos hechos, en Armero, un pueblo de las laderas del Ruiz, el cura de la iglesia parroquial de San Lorenzo, reverendo Pedro María Ramírez, fue víctima de sus enemigos políticos y del ensañamiento contra la iglesia. Lo esperaron en el atrio la tarde de ese sábado diez de abril. Los liberales se las cobraban todas a los curas, así llamados despectivamente. Y los curas predicaban contra el liberalismo.

El padre Ramírez ofició y entró al convento contiguo de las religiosas Eucarísticas, donde escribió una patética despedida con bendiciones a su pueblo, sabiendo lo que le esperaba. No dejó que violentaran las puertas, se entregó y el jefe de la cuadrilla liberal lo ató de manos y se lo dio a la turba enfurecida por el magnicidio de Bogotá.

El buen cura terminó macheteado y su cuerpo arrastrado por un carro de bestias (eso fueron: bestias). Las prostitutas lo encontraron por los lados del cementerio y le dieron sepultura, sector más elevado que el resto de la población y casualmente el que se salvó de la avalancha, casi 40 años después.

***

Seguí al dibujante Ernesto Franco de siempre. Últimamente en sus jeroglíficos enjundiosos, con limpios trazos de chicas sensuales. Imítenlo, pero bien.

 

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