Por: Ignacio Zuleta

El de a pie lleva del bulto

Los peatones estamos perdiendo la batalla: cifras absurdas de muertes de viandantes; los andenes están invadidos por las motos y los carros; el espacio público no ha considerado al ser humano escueto, indefenso; los cruces deficientes, los pasos peatonales para atletas y la lista de etcéteras que todos conocemos. Nunca creí que alguna vez podríamos declarar al automóvil el peor invento de la humanidad, pero llegó el momento a riesgo de que quienes pensamos que el peatón tiene derechos prioritarios seamos considerados dementes cavernícolas.

Es cierto que el peatón tiene deberes. Pero aún si los incumple por su causa o porque la infraestructura es deficiente o porque en este “sálvese quien pueda” decida unirse a la horda de animales citadinos, la ley universal consignada en muchos códigos de tránsito sería aún la obvia: “Debe dársele prioridad a los peatones —incluso si no hay una cebra demarcada— si hay algún peligro de colisionar con ellos”. Pero eso no sucede sino en algunas ciudades europeas, o en ciudades pequeñas que preservan una sensatez elemental: ¿cómo no va a tener la prioridad la vida humana, la de las hijas, los nietos, los abuelos? Y hablando de estos últimos, aquí y en Nueva York o en cualquier parte, los peatones viejos ocupamos alrededor del 70 % en la estadística por muerte en accidentes de tráfico con carros o con motos. ¡Estamos hechos!

Quienes han estudiado el tema de la preponderancia del automóvil en detrimento de la bicicleta y el peatón ponen al descubierto que el problema es de política económica. Fácilmente, dicen los estudiosos, podríamos reducir el movimiento de vehículos hasta en un 80 % con modelos de transporte público masivo y eficiente: una obviedad que no es tan obvia si miramos las cifras de publicidad, cabildeo y apoyo de los medios que tiene en el mundo la industria automotriz. El asunto no es como alegaría cualquier taxista colombiano, “falta de vías”, sino exceso de motores que, además de polucionar hasta causar la muerte prematura en las ciudades y un aumento en el calentamiento global, deshumaniza y disgrega a la comunidad en todos los aspectos, para beneficio del sistema dominante. Las tecnologías existen, las ideas son factibles, como lo demuestra por ejemplo Hamburgo que no tendrá en 20 años carros en sus calles y serán reemplazados por rutas peatonales, ciclorrutas y transportes compartidos por la ciudadanía.

Un colombiano adquiere un automóvil o una moto por dos motivos principales: porque son símbolo de estatus, o porque el transporte público es hostil o insuficiente. En Cali, por ejemplo, con la llegada del Mio a la ciudad, que eliminó prematuramente los viejos buses y busetas que mal que bien llegaban a los barrios y los reemplazó por alimentadores demorados y de rutas incompletas, se triplicaron los piratas y las motos. Y las motos, conducidas por improvisados y desesperados conductores, son ahora los asesinos número uno del peatón; en la inclemente guerra moto vs. carro, el de a pie lleva del bulto. Uno es el bulto.

Hay progresos nacionales en ciclovías, corredores verdes, peatonalización de calles importantes, pero mientras el modelo económico prevalente no colapse, aun el más humano y bienintencionado alcalde no podrá reversar este proceso si los ciudadanos no generamos movimientos de cambio de conciencia y los hacemos valer en la política. Sí, en la política.

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