Por: Julio César Londoño

El debate

EL FORMATO DEL DEBATE DE LOS CANdidatos a la Presidencia fue novedoso y dinámico y cubrió todos los frentes: el rabo de paja, el programa de gobierno, las relaciones internacionales, los vices y lo light (¿cuál es su color favorito?).

Se ha criticado el poco tiempo que tuvieron los candidatos para responder, pero en realidad ningún tiempo es suficiente para la incontinencia verbal de los políticos, unos sujetos que hablan mucho porque tienen poco que decir (“el líder es un hombre que sigue a las mayorías”, dicen).

En general, las preguntas fueron directo a la llaga y las contrapreguntas directo a la respuesta. Los periodistas sabían qué iban a responder los candidatos (son tan predecibles) y ripostaban rápido, respirándoles en la nuca, pero podrían haberlo hecho mejor. Alejandro Santos, por ejemplo, le preguntó a Noemí si no le parecía incoherente haber servido a señores tan diferentes como Belisario, Gaviria, Samper, Pastrana y Uribe. Ella, que se disfrazó de hombre esa noche para despistar el machismo de las señoras, respondió que sólo había trabajado en la diplomacia, un asunto de Estado que no tiene nada que ver con la parroquia, dijo. Quedó como una princesa, alta y ajena a la politiquería de este paisucho, y Alejandro, gago irredento, no fue capaz de preguntarle si las relaciones con Venezuela no tenían nada que ver con la administración de turno, o si su actuación como ministra de Comunicaciones de Belisario durante la toma del Palacio de Justicia también pertenecía al etéreo y aséptico mundo de la diplomacia. Claudia Gurisatti sí se acordó  y Noemí le arrojó una nube de tinta retórica y hueca.

La misma Gurisatti le hizo La Pregunta a José Manuel Santos: Si el PIN es el partido del Presidente y Santos es el hombre del Presidente, entonces, por ley para-transitiva, ¿el PIN es el otro partido de Santos? (Mentiras. Es apenas un sueño mío. Claudia es muy inteligente para preguntarle esas cosas a nadie del Gobierno. Ninguna madre patea la lonchera, y ella tal vez no sea una buena periodista, pero es una gran madre).

Para ser justos, hay que reconocer que Santos hizo algo que el Presidente no ha sido capaz de hacer: repudiar públicamente al PIN.

Otra madre, Vicky Dávila, interrogó a Santos sobre los falsos positivos, el hombre se declaró absuelto por unas ONG que no identificó y la contrapregunta fue de una fragilidad vergonzosa. Creo que es hora de poner a las madres en roles menos embarazosos.

Germán Vargas demostró que es mejor clon que Arias, incluso más cow boy que Uribe, y dejó entrever que cuando sea presidente irá personalmente a patearles el fondillo a Chávez y a Alfonso Cano. ¡Bravo, Vargas, así se habla, usted es el hombre que necesitamos para mejorar las relaciones con los países vecinos y liderar un gran diálogo nacional con los pocos cartuchos que el caudillo no pudo quemar en sus ocho años de gobierno!

A Fajardo, acusado de haber pacificado a Medellín a punta de “donbernabilidad”, le preguntaron si él haría pactos con sujetos al margen de la ley “en aras de la paz”. A pesar de la noble causa que el periodista le sirvió en bandeja, a pesar de que todos los procesos de paz del mundo se hacen entre sujetos al margen de la ley, Fajardo se puso nervioso y se metió al burladero de la Constitución: “No haré nada que esté por fuera de ella”, dijo; una respuesta correcta, sí, pero sosa. Hay que arriesgar, Sergio, como los buenos toreros. Y dejar esa retahíla de sinónimos que tú recitas ene veces en la misma sesión: transparencia-honestidad-decencia-pulcritud-etc. Con un adjetivo manido es suficiente, churro, créeme.

Pardo no pudo con la papa caliente de Arlet Casado, la esposa de Juan Manuel López Cabrales, el parapolítico liberal que le consiguió una curul al hermoso trasero de la ex reina con una cauda difícil de despreciar: más de cien mil votos.

Todos hablaron de seguridad (el fantasma de Uribe rondaba el recinto), pero sólo tres abordaron con propiedad el tema de “lo social”: Petro, Pardo y Mockus; y el único que se refirió a la educación fue Mockus, un señor que partió en dos la historia de Bogotá y redujo de manera sensible sus índices de criminalidad a punta de cultura ciudadana, sin disparar un solo tiro ni aumentar el pie de fuerza ni contratar matones.

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