Por: Juan Gabriel Vásquez

El debate, ya

LA ANÉCDOTA ME LA CONTÓ PA- blo Maya, un chilango que hizo sus estudios en Monterrey y a quien conocí en México la semana pasada.

En México no hay otro tema por estos días, y es de suponer que pasará mucho tiempo antes de que los mexicanos comiencen a hablar de otra cosa que no sea lo que está sucediendo allá, en el norte, en lugares como Monterrey o Tijuana o Ciudad Juárez. Lo que está sucediendo no tiene nombre, pero puede llamarse, para resumir y ahorrar tiempo, la guerra contra el narco. Aunque esta frase muchas veces no nombre nada, pues lo que pasa en muchos de estos lugares no es la guerra del Estado mexicano contra los narcotraficantes, sino la guerra de los narcotraficantes entre sí, la guerra en cuya mitad se ven atrapados los ciudadanos. Y lo que me contó Pablo Maya fue lo que le contó a él un amigo de Monterrey: que ahora la manera de enterarse si había que salir a la calle o no era estando atentos al Twitter. Un tweet avisa que hay un tiroteo en la esquina por donde uno va a tener que pasar; uno espera entonces, se toma una coca cola más en casa; el siguiente tweet avisa que el tiroteo ha pasado. Y uno puede salir entonces.

Pocas cosas claras tienen los mexicanos por estos días, pero una es que nadie se esperaba lo que está pasando (la extrema crueldad de la violencia, que habría que llamar salvaje si eso no fuera una redundancia) y otra es que nadie sabe lo que va a pasar. Muchas veces me hablaron los mexicanos de la falsa tranquilidad que sienten los habitantes del DF: falsa porque viven bajo la creencia de que la guerra nunca va a llegar a la capital, de que la guerra está donde están los carteles. Y otra de las cosas en que están de acuerdo es en la insatisfacción general por la gestión que el gobierno ha hecho del asunto. En el último número de la revista Esquire, que dirige el colombiano Felipe Restrepo, el excanciller Jorge Castañeda lo resume con tres palabras: “Falta un líder”. ¿Y qué puede decir, le pregunta el entrevistador, del movimiento ciudadano del poeta Javier Sicilia? Castañeda dice de ese movimiento que es una prueba más del individualismo radical de los mexicanos. En México, dice, los movimientos sociales han sido siempre caudillistas, y por eso no llegan a ninguna parte. Y agrega algo que aparentemente no viene al caso: “Uno podría reclamarles, por ejemplo, haber desaprovechado la oportunidad de plantear la legalización de las drogas”.

Yo no veo cómo se le pueda exigir a Javier Sicilia hacer nada más de lo que ha hecho, pero en el fondo el alegato tiene mérito: tras liderar la única reacción válida de la sociedad civil a la violencia de la narcoguerra, el movimiento pudo trazar un pacto de seis puntos que firmaron varias organizaciones sociales en Ciudad Juárez. Uno de los puntos era “combatir la raíz económica y las ganancias del crimen organizado”. No sé a ustedes, pero a mí me parece elocuente el esfuerzo del redactor por darle la vuelta a las palabras malditas, por no mencionar la legalización. Y es una lástima: el pacto de Ciudad Juárez hubiera sido un momento extraordinario para hacerlo. Pero son nuestros gobiernos, no el poeta Sicilia, quienes tienen la obligación de sacar adelante un debate serio y no hipócrita, informado y no puritano, sobre la legalización. Son ellos, creo, los que están en deuda.

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