Por: Yesid Reyes Alvarado

El decomiso de la dosis mínima

Para María Isabel Rueda el libre desarrollo de la personalidad es “como si el ser humano fuera un salvaje que puede hacer lo que quiera sin cumplir con los deberes de interactuar con los demás”. Es justamente lo contrario: la decisión de vivir en comunidad supone renunciar a la posibilidad de disponer de una libertad absoluta; si a todos se les permitiera hacer lo que quisieran, el ejercicio de esa potestad llevaría a que muchos no lo consiguieran porque se verían sometidos a la voluntad del más poderoso. Pero esa tensión se puede resolver con una fórmula muy simple: cada persona puede comportarse según su parecer, mientras no interfiera con la libertad de sus conciudadanos; para utilizar una expresión muy conocida, mi libertad va hasta donde comienza la de los demás.

En mi esfera privada puedo actuar como desee, porque eso no afecta los derechos fundamentales de otras personas. Soy libre de optar por una vida sedentaria, o por alimentarme con comida chatarra, a sabiendas de que eso afecta mi salud; y eso incluye tomar bebidas alcohólicas en exceso, mezclarlas de tal manera que me produzcan una intoxicación, aplicarme una sobredosis de medicamentos, o consumir marihuana, cocaína o drogas sintéticas; puedo beber un veneno para quitarme la vida o dispararme con el mismo propósito. En un Estado respetuoso de las libertades, un ciudadano puede hacer todo eso, a condición de que no sea un menor de edad o una persona limitada en su esfera de la responsabilidad, y siempre que su conducta no afecte los derechos de otros integrantes de la sociedad.

Eso explica que mientras en su ámbito privado el ciudadano puede ingerir libremente alcohol y consumir drogas de uso ilícito aunque con ello ponga en riesgo su integridad personal, le está prohibido comportarse así en sitios abiertos al público o en otro lugares en los que ese ejercicio de su libertad pudiera entrar en conflicto con el de sus conciudadanos. Pero así como nadie entendería que mientras camina por la calle o conduce hacia su casa, la policía le revise las bolsas del mercado para confiscarle las bebidas alcohólicas que allí beberá, tampoco resulta comprensible que semejante conducta pueda ser válida cuando lo que se pretende es decomisar, por ejemplo, dosis personales de marihuana o cocaína que el ciudadano planea consumir en su domicilio. Para justificarla no basta con decir que esas son “sustancias prohibidas”, porque las sustancias en sí mismas no son prohibidas; lo censurable es el empleo que de ellas se haga. Por eso no solo el consumo sino el porte de dosis personales es lícito, en la medida en que parece cuando menos difícil consumirlas sin portarlas.

Algunos justifican esta medida con el argumento de que no resulta fácil diferenciar entre quien porta una dosis personal para su consumo y quien la lleva para su comercialización; es decir, como el Estado tiene problemas para distinguir entre un consumidor y un distribuidor de drogas, se le dan herramientas que le permitan combatir el comercio ilícito de drogas, aun a costa de afectar libertades individuales. La idea no es nueva; ya se le había ocurrido a Herodes; y, por cierto, no le funcionó.

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2018-09-25T09:30:55-05:00

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2018-09-25T09:45:02-05:00

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