Por: Salomón Kalmanovitz

El deicidio hereditario

La justificación para discriminar y perseguir a los judíos es el cargo de que somos asesinos de Dios, más precisamente del hijo de Dios.

En alguno de los evangelios se relata que Poncio Pilato quiso salvar a Jesús de morir en la cruz y le preguntó al pueblo judío que escogiera entre un ladrón, Barrabás, y Cristo, el que debiera morir. Instigado por los sacerdotes, el pueblo exaltado se decidió a favor de Barrabás y así se convirtió en deicida. “Profirieron la frase terrible ‘caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos’. Y cayó. Y hasta los últimos tiempos los judíos no se convertirían”. Cito de la tesis de grado del actual procurador de la Nación, Alejandro Ordóñez, Presupuestales fundamentales del Estado católico (1973). La tesis desafía los pronunciamientos del Concilio Vaticano II de una década atrás.

El antisemitismo religioso predominó durante varios siglos en Europa y desató sangrientas persecuciones contra los judíos, especialmente en épocas de hambrunas y pestes, culpándonos de todas las desgracias que asolaban campos y ciudades. El comercio y el préstamo de dinero eran ocupaciones despreciables, que sólo podían llevar a cabo personas condenadas a la perdición eterna, de tal modo que a la bronca religiosa se le agregó la envidia por la prosperidad de que disfrutaban algunos mercaderes y prestamistas judíos.

En el siglo XX, el antisemitismo racial tuvo como fundamento el religioso y llegó a ser el eje de agitación del partido nazi y del régimen nacional socialista de Hitler, que galvanizó al pueblo ario como superior y necesario amo del universo. Bajo esa agitación fue posible llevar a cabo una dantesca industria de exterminio de judíos y gitanos, con la complicidad de millones de alemanes, austríacos, polacos y húngaros, a los que unificaba el atávico sentimiento antisemita y racista.

Para monseñor Lefebvre, los judíos seguíamos inmersos en el deicidio hereditario, y aunque no fue tan lejos como decir que el holocausto nazi era castigo de Dios, si mantuvo que no existió y eso han venido afirmando sus seguidores, incluyendo a Ordóñez. El levantamiento de la sanción hereditaria fue una de las razones para que los lefebvristas se colocaran en desobediencia frente al Concilio Vaticano II de hace 50 años, que reformuló la relación entre cristianos y judíos. El concilio asumió responsabilidad por el antisemitismo religioso, lamentó el Holocausto y aclaró: “Los judíos son todavía muy amados por Dios a causa de sus padres, porque Dios no se arrepiente de sus dones y de su vocación”, por lo que rechaza que sean señalados “como réprobos y malditos”. También aclaró que todas las religiones (budismo, islamismo e hinduismo) tenían elementos en común y que ninguna podía asumir ser la verdadera ni falsas las demás, algo que los lefebvristas rechazan pues insisten en que la fe católica es la única verdadera.

Si algo se puede deducir de los escritos de Alejandro Ordóñez de los últimos 40 años —que entre otras cosas tienen serios problemas de rigor y redacción— es una coherencia en su visión religiosa reaccionaria que incluso se ha acendrado con el paso del tiempo. Por eso ha trivializado el Holocausto al decir que es un mal menor comparado con el aborto terapéutico y no ha querido expresar públicamente que lo rechaza como un crimen de lesa humanidad. Es claro que su objetivo ha sido siempre la toma del Estado por el catolicismo antiguo.

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