Por: Juan David Ochoa

El delfín azul y los caballistas

German Vargas Lleras, el eterno candidato a la Presidencia que cree merecer por obra y gracia de alcurnia y delfinazgo, ha salido del clóset en que creía resguardar sus estrategias de trampolín sobre altos cargos públicos para llegar al trono que le reserva el color de su sangre. Pero después del silencio y de la sombra en que creyó sumar renombre y misterio para posicionarse sobre los nombres cansinos de la otra tradición, cayó en la vaguedad de las definiciones:  nadie entiende realmente sus propuestas más allá de los destellos sanguíneos de su abuelo, y entre los bloques enemigos de la polarización, nadie lo puede ubicar entre los bloques del gobierno al que traicionó desde siempre mientras absorbía maquinarias, y la secta de los caballistas que no acepta términos tibios ni figuras enigmáticas entre sus tablas de la verdad, a los que ahora se acerca ofreciendo reverencias.

El cuadro no deja de ser absurdo y tragicómico: el sagrado delfín que nació balbuceando términos abstractos de su entorno político, y que creció parándose en las mesas ministeriales a sus cuatro años con la venia de sus áulicos, se ha entregado a las más atípicas de las compañías cada vez que ha visto que la situación lo empuja a ser pragmático para no dejar perder su último sueño. En las viejas cabalgatas de Víctor Carranza se le vio animado por esa coyuntura que lo centraba en los círculos más influyentes del momento, desde el sector más próspero aunque fuera oscuro, y con los nombres temibles que podían entrar bajo las puertas del poder sin protocolos centralistas para ejercer sus votos. Cuando las comarcas del fuego verde empezaron a morir y a ser traicionadas por altos cargos, giró los ánimos a los bastiones del norte, hacia el desierto del país donde la anarquía era ley, y los caciques del momento mandaban sobre el polvo y los muertos. Allí tuvo los núcleos duros de un partido creciente que empezaba a ejercer su voluntad con la pureza de su apellido y el poderío de sus súbditos estrafalarios. La combinación sonaba poderosa; una casta de pureza estelar y un ejército de mágicos que amedrentaban con un silbido guajiro o una señal que podía representar la vida o el fin. Después, su entorno fue enumerando todos los prontuarios: Kiko Gómez, Oneida Pinto, Fabio Velásquez, los 41 congresistas investigados por parapolítica y sus 19 condenados. Cambio Radical le hizo finalmente honor a su nombre radicalizando la corrupción a los niveles insospechados del espanto, y su mentor ha evadido y sorteado toda implicación con la experticia que le dieron los años y el entorno.

Ahora, cuando el tiempo definitorio le llega a menos de siete meses para el día resguardado por el destino, hace público lo que ya era célebre entre todas las grietas y rincones: su antagonismo a la carta principal del gobierno que representó. Entonces se acerca al último bastión que le queda entre las últimas cartas de su ascenso: los caballistas del ubérrimo que van con sus células medievales escupiendo fuego, azuzados por todos los presos del partido que sueñan con volver a la libertad con las llaves que entrega el poder y el mando. La alianza será la fusión de los dos centros penitenciarios políticos más grandes de esta historia de capos y gamonales, y representarán sin miedo lo que sus castas han querido ejercer sin diplomacia, ahora que la justicia y las instituciones les parecen demasiado tibias para sus políticas de gavilleros.

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