Por: Lisandro Duque Naranjo

El delfín de los cuarteles

Me sorprendieron, tres días antes de su salida del Ministerio de la Defensa, unas declaraciones de Rodrigo Rivera en el sentido de que el famoso "fin del fin de las Farc" era un pronóstico equivocado y que esa organización había recompuesto su táctica para sobrevivir a la dura ofensiva militar a que fue sometida por la seguridad democrática durante varios años.

Esa reflexión, que más parecía planteada por el analista León Valencia —en cuyos artículos la he leído varias veces— que por un funcionario que tiene la obligación contractual de mostrarse triunfalista respecto a una derrota inminente de la guerrilla, me produjo el pálpito de que el fin que sí se avecinaba era el de las funciones del propio ministro en su cargo, lo que ocurrió dos días después. Desde luego no creo que le hayan pedido la renuncia por haber dicho esa obviedad, sino que la dijo luego de estar seguro de que lo harían renunciar. La estancia del ahora exministro en ese empleo estaba condenada desde el principio a ser un fiasco, por la sencilla razón de que los militares no soportan la comandancia simbólica de un civil que no forme parte de las familias de dedo parado de este país, núcleo al que no pertenece el doctor Rivera, seguramente miembro de una honesta familia de provincia, lo que no le parece suficiente a la alta oficialidad.

Ese cargo se planilló desde un principio para personas como Rafael Pardo Rueda, Fernando Botero Zea y Juan Manuel Santos. Y siempre fue un candidato natural para el mismo Germán Vargas Lleras, vástagos los cuatro de un curubito social con muchas campanillas. En cuanto a Gustavo Bell, pues por lo menos era vicepresidente y contaba con apellido extranjero. A Martha Lucía Ramírez se la aguantaron, no de muy buena gana, menos por su condición de mujer que de exministra, y además porque ella se dedicó no tanto a lo estratégico como a lo administrativo, si bien su obsesión por esto último también terminó siéndole incómoda a los uniformados. A Camilo Ospina sus “subalternos”, para cobrarle el dudoso honor de soportarlo como ministro, le exigieron unas prebendas que derivaron en los famosos falsos positivos.

Las lealtades, pues, de los militares, se parecen a las de las comunidades religiosas que regentan colegios: siempre en las fotos de grupo, la madre superiora aparece en el centro de la muchachada teniendo alrededor suyo a las alumnas más ricas del pueblo, y dejando a las de las familias menos pudientes regadas como una comparsa por el resto de la composición.

El modelo chileno-prusiano en que el fundador de la escuela militar, Rafael Reyes, basó la formación de nuestro Ejército, hizo de éste un cuerpo muy rígido y obsecuente respecto a jerarquías señoriales, únicas que le parecen genuinas. De allí que a un ministro civil procedente de las canteras de la clase media —como paradójicamente lo es esa mayoría de oficiales, de coroneles para arriba, sólo que llevan quepis y charreteras— lo consideren indigno de su acatamiento y sus rituales. La bocelería hace la diferencia. Un conocedor desde adentro de la vida castrense, el excadete de la Armada Juan Manuel Santos, quien de ingenuo no tiene lo que se dice nada, puso al doctor Rivera en el lugar equivocado, vaya uno a saber con qué intención. Y éste, que se las daba de tanto, comió cuento de la manera más incauta.

A ver qué pasa ahora con el nuevo ministro experimental, un personaje que, no obstante ser civil, es el delfín de un general, criado por lo tanto en cuarteles y acostumbrado a que los reclutas le hagan mandados.

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