Por: Cristo García Tapia

El derecho de ser puta

A Severine, la puta más amada.

De cuanto aquí se trata es de decir, con toda la libertad personal y la ética que el oficio de columnista impone, que ser puta es un derecho inalienable de la mujer.

De ninguna manera, una condición sujeta a las reglas y convenciones que la doble moral promulga e impone a su arbitrio  y prejuiciados razonamientos.

Aunque sea ese el criterio prevaleciente en la sociedad contemporánea, cada vez más sometida al influjo y prácticas del confesionalismo religioso y del fundamentalismo moral para imponer determinadas conductas que contrarían y restringen el desarrollo de expresiones naturales del ser humano, entre ellas las del cuerpo como forma superior y acabada  de su espiritualidad, emocionalidad y personalidad.

Soportadas en la fuerza de preceptos religiosos de diversa procedencia, la particularidad de estas manifestaciones maniqueas es que son de una sola vía y orientadas siempre al deterioro humano, moral y emocional de un individuo en particular.

De alguien a quien se ha condenado a la inferioridad de género, la exclusión y la desigualdad, sin ningún fundamento antropológico, histórico o social.

Y no me refiero a las putas en particular como víctimas de esta discriminación y exclusión. No. Es a la mujer en general cualquiera sea la actividad y el tipo de sociedad en la cual le corresponda ejercer su condición de género; su papel de agente económico, social y cultural.

Porque es sobre ella en su conjunto, en quien cae sin atenuantes el peso agobiante y perverso de una doble moral que se nutre de preceptos y credos religiosos manipuladores de su conciencia, personalidad y sentimientos.

Y la constriñe emocionalmente desde sus preferencias religiosas y de fe con anatemas y excomuniones encaminadas a desvirtuar la belleza, goce y utilidad del sexo, hasta reducirla en la decisión íntima e inalienable de ser reproductivo a partir de relaciones libres de ataduras y vínculos que solo a la pareja, en su fuero íntimo y libre albedrío, corresponde definir, valorar y decidir en su dimensión humana, moral, ética y social. 

Esta acentuada exclusión y limitación del papel de la mujer en la historia por su condición de género, es pertinente sugerirlo, no ha sido la prevaleciente en periodos y estadios significativos del desarrollo de  la humanidad. Ni la sexualidad y la sensualidad inherentes a tal condición, circunstancia y razón de discriminación extrema como la que ahora registramos y acontece en la sociedad burguesa contemporánea.

Y en cuanto a las putas, basta asomarse a la Grecia clásica para constatar como las hetairas, que así se llamaban las putas de aquella época de esplendor de la sociedad humana, eran, además de bonitas, mujeres con sólida formación humanística, apreciadas y consideradas socialmente.

A que entonces, esa cruzada que hoy recorre el mundo en nombre de fundamentalismos religiosos y morales y anatemiza y excomulga y condena al infierno y cobra tributos, como en la Francia socialista de Hollande, porque el cuerpo es pecaminoso, los sentidos instrumento de perdición y el sexo algo abominable que no merece mencionarse siquiera.

Y las putas, “cosas que no tienen derechos”.

Y todo, en nombre de una moral vergonzante, una religiosidad instrumentalizada por “enviados” y predicadores devenidos en gobernantes, legisladores, procuradores y oficiantes de “la palabra”, entre tantos avivatos, de una salvación en el más allá.

Que en últimas y primeras, cuanto promueve es la condenación, exclusión y limitación de los derechos de la mujer como género. No el de las putas como “cosa”.

*Poeta

@CristoGarciaTap

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