Por: María Elvira Bonilla

El derecho a decidir

JUAN GALLO, EL GRAN INNOVADOR de las galerías de arte en Colombia, optó por estrellarse contra el mundo, lanzándose de un sexto piso a plena luz del día, el pasado 29 de julio.

Aún no cumplía los 50 años y estaba en el mejor momento de su carrera como galerista de arte, con reconocimiento en grandes capitales de la cultura como Londres. Entendía el arte como una expresión estética y se dedicó a construir junto a su esposa Gloria Saldarriaga espacios públicos y alternativos para que los artistas pudieran expresarse sin trabas ni barreras. Su galería Alcuadrado impactó con sus 16 proyectos y abrió trocha desde su inauguración en 2003.

Juan Gallo se suicidó sin una explicación. Su testamento está consignado en la colección de arte contemporáneo que dejó, de la cual se exhibe una muestra representativa en la exposición Crónica 1995/2005 en la Colección de Juan Gallo, en el recientemente inaugurado Museo de Arte Moderno de Medellín. En ella se expresa la sensibilidad visionaria de un hombre que se movía como pez en el agua entre las élites económicas y sociales, sin perder la conciencia de su tarea y compromiso con el artista, con su arte. La exposición muestra la capacidad del arte para articularse con su contexto social y político durante diez años críticos de la vida del país, años violentos, desesperanzadores, áridos para la creación y la cultura. Es el documento visual de una generación de artistas que logró mantenerse viva, creativa y libre a pesar de la asfixiante situación de Colombia. Allí está Gallo de cuerpo entero: profesional, intenso, contundente, sin hacer ni reclamar concesiones. Presente en las obras que adquirió y que hablan por él.

La lista de suicidas lúcidos como Juan Gallo es larga. Todos inspiran un gran respeto. Andrés Caicedo salta a la memoria —cada hoja escrita es una nueva revelación—, María Mercedes Carranza, José Asunción Silva, Ricardo Rendón. Resulta obvio decirlo: es la manera más drástica, incomprensible, de decidir sobre la propia existencia. Pero es un derecho de la persona, por más en contravía que esté frente al destino natural que es preservar y vivir plenamente la vida, como llegue.

Los ocho años de gobierno de Álvaro Uribe han conservatizado el país y las reflexiones alrededor de las libertades individuales asociadas a comportamientos éticos sobre la existencia humana y la obligación de la sociedad no sólo de respetarlas sino de proporcionarles el espacio necesario para su desarrollo, como son también el aborto, las uniones homosexuales, la legalización de la dosis mínima. Éstas forman parte de esa expresión sagrada de la voluntad individual, de cómo y con quiénes se vive la vida, sin afectar al otro pero sin tener que someterse a reglas ajenas.

Estos años de exacerbación de la intolerancia, de las verdades absolutas y de incapacidad para respetar la diferencia han hecho daño, al punto incluso de haber enterrado políticamente los avances constitucionales en la materia, ahogados en su tránsito por el Congreso. Este autoritarismo mental y vital, este unanimismo retrógrado que ha penetrado la mentalidad nacional tiene que volverse asunto del pasado como imperativo para poder avanzar como sociedad.

 

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