Por: Pascual Gaviria
Rabo de ají

El derecho a la abulia

La consigna se repite desde orillas ideológicas y corrillos electorales: ¡Es hora de filarse, uno tras otro, si no quieren resultar culpables! Es un grito a los indecisos y a los desganados, a quienes tienen algo de pudor o de pereza frente a las militancias, a los reacios a la propaganda y el fervor. El llamado al orden se hace subrayando los temores ante el posible triunfo de los adversarios. Resulta más fácil movilizar con el discurso envenenado de los rivales que con el discurso perfumado de la causa propia. La diatriba siempre será más poderosa que el elogio.

El tiempo de las discusiones ha terminado. Es hora de las consignas. Señalar los posibles defectos de una idea o de un argumento del color ideológico elegido es dar ventajas inexcusables a los enemigos. Para qué mostrar simples desperfectos de la causa (ya se corregirán en el camino) si es posible mostrar los estragos del rival. La crítica que no está claramente dirigida al alto objetivo electoral solo puede ser perfidia. Quien no toma partido con decisión solo esconde sus intereses, la falta de fe solo puede ser disimulo, silenciosa traición.

En estos meses en los que hasta los apáticos profesionales, los desentendidos y los despistados se convierten en militantes rabiosos, es necesario recordar un poema del marxista italiano Antonio Gramsci llamado Odio a los indiferentes: “Odio a los indiferentes. / Creo que vivir quiere decir tomar partido. / Quien verdaderamente vive, / no puede dejar de ser ciudadano y partisano. / La indiferencia y la abulia son parasitismo, / son cobardía, no vida. / Por eso odio a los indiferentes. (…) Pido cuentas a cada uno de ellos: / cómo han acometido la tarea que la vida les ha puesto y les pone diariamente, / qué han hecho, / y especialmente, / qué no han hecho. / Y me siento en el derecho de ser inexorable / y en la obligación de no derrochar mi piedad, / de no compartir con ellos mis lágrimas”.

Es fácil dejarse llevar por las mareas electorales. Es inevitable muchas veces. La idea es resistirse un poco, buscar una pequeña piedra en la corriente, respirar hondo, levantar la cabeza y dar brazadas hasta una orilla, o simplemente esperar que baje un poco esa fuerza que lo revuelve y lo confunde todo. No estamos obligados a ser partisanos ni a elegir a quienes se puede criticar y a quienes se puede ensalzar. Las elecciones también pueden ser un espectáculo para los simples observadores, un ejercicio para votantes displicentes y descreídos. La cólera, el miedo, los gritos del “rebaño de las mentes independientes” o de los salvadores de la patria no pueden ser una obligación.

Es triste el espectáculo de los partidos sin candidato que solo esperan agazapados, que ofrecen sus votos al mejor postor, que solo tienen un entusiasmo fincado en sus posibilidades de obtener algún rédito personal, una pequeña coima. Pero los votantes individuales podemos actuar un poco a su manera. Podemos esperar sin mayores aspavientos, decidirlo todo al final, al momento del cubículo si se quiere, sin mucho dogma ni mucho drama. La apatía también puede ser sinónimo de reflexión, de duda metódica. El bostezo como un arma contra el encanto de los patrones y el temor a los caudillos.

 

 

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