Por: Aura Lucía Mera

El derecho a morir

Así como la vida es sagrada, el derecho a morir también debe ser sagrado. Ya sabemos que en Colombia la vida no vale nada. Desde la Conquista se implantó la muerte y el indígena era considerado un animal sin alma, que andaba medio desnudo y poseía oro y piedras preciosas. Millones fueron arrasados y la Iglesia católica no dijo ni mu. Fueron precisamente las órdenes religiosas las que más se enriquecieron eliminando a “salvajes”. Desde esa época los ríos no han dejado de cubrirse de sangre, de la sangre de los más vulnerables y los más desprotegidos. Llevamos la señal de Caín incrustada en los genes. Colombia no respetó tribu ni etnia. Los foráneos nos quitaron la identidad y esta es la hora en que no sabemos de dónde venimos ni para dónde vamos.

Pero voy a lo otro. A la muerte. La Fundación Pro Derecho a Morir Dignamente (DMD) cumple 40 años en Colombia. Curiosamente, así como las masacres y los asesinatos a sangre fría se convierten inmediatamente en estadísticas y pasan de ser noticia puntual a caer en el olvido, la decisión de un solo paciente para terminar con su sufrimiento se convierte en debate internacional, titulares repetidos de prensa y motivos de escándalo. Participan la Iglesia, los médicos, los fanáticos y todo aquel que le dé la gana.

Personalmente estoy totalmente de acuerdo con la eutanasia, con el derecho al carné en el que afirmo mi deseo de prohibir vida artificial, resucitación, respiradores, sondas gastrointestinales, traqueotomías y demás aparatos que me condenan a la no vida.

Me parece un crimen el encarnizamiento médico. Muchas clínicas y hospitales se inventan la manera de obligar al paciente terminal y sin esperanza a seguir enchufado a máquinas, aislado de sus familiares e incomunicado, simplemente porque esto se convierte en negocio. A más días y más máquinas, más dinero. Así de real. Así de monstruoso. En ocasiones es más aberrante, porque médicos que se creen dioses no pueden admitir que “su paciente” se les vaya de las manos. Lo consideran un fracaso personal que puede afectar sus hojas de vida.

Una amiga mía, generosa, vital, solidaria, emprendedora, lleva más de cinco años con un alzhéimer profundo, conectada a una sonda en el ombligo por donde la alimentan. Es un muñeco de trapo, un vegetal, desconectada de sus recuerdos, emociones, afectos... Su único hijo no llegó a tiempo para impedir la conexión a la sonda. ¿Ahora quién se la quita? ¿Hay derecho?

Otra amiga del alma decidió por voluntad propia acudir a la eutanasia. Sus dolores físicos y emocionales solo los sabía ella y decidió abandonar el planeta. La he llorado y me hace una falta infinita, pero respeto su decisión.

Nacemos solos y nos reciben con amor o desamor, pero nos reciben. Por eso tenemos el derecho de morir en nuestras camas, rodeados de los nuestros, y no aislados en una UCI impersonal y aséptica, llenos de tubos y cables.

Felicitaciones a DMD. Todos deberíamos estar afiliados. Es una organización ética, profesional, humana, asociada a la Federación Mundial de Sociedades por el Derecho a Morir.

Posdata 1. Les dejo los teléfonos: 345 4065 y 347 3365. También les dejo la frase más bella de Marguerite Yourcenar: “Hay que entrar a la muerte con los ojos abiertos”.

Posdata 2. Felicitaciones al movimiento Defendamos la Paz. ¡Las manifestaciones del 26 de julio, llenas de respeto, tristeza, solidaridad y amor, quedarán siempre grabadas en el corazón!

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