Por: Columna del lector

El derecho a narrar la propia vida

Por Felipe Agudelo Olarte

La cartelera de cine de las últimas semanas ha tenido entre sus filmes una constante que relaciona la literatura y las mujeres. La primera de ellas ha sido La esposa (2017), dirigida por Björn Runge y escrita por Jane Anderson, está basada en la novela de la escritora Meg Wolitzer. Narra la vida de Joan Castleman, esposa de Joe, de quien ha recibido también su apellido y a quien ha sacrificado sus sueños de escritora para donárselos junto con su vida durante cuarenta años hasta que, tras la entrega del premio Nobel a él, decide no continuar ocultando su realidad como la autora de las obras premiadas.

La segunda, Colette (2018), bajo la dirección del británico Wash Westmoreland, relata la vida controversial de la novelista francesa Gabrielle Colette, quien un día opta por rebelarse contra su esposo Willy, un aristócrata e intelectual francés. Ante sus fracasos como escritor y descubriendo en su nueva esposa un talento literario, surge una serie titulada “Claudine” que hace famoso a Willy hasta que un día ante su negativa de incluir también el nombre de su esposa en la publicación, ella decide apartarse.

La última, La librería (2017), dirigida por la española Isabel Coixet, siendo una adaptación de la novela de Penelope Fitzgerald, cuenta el anhelo de Florence Green, viuda y recién residente en Hardborough —una ciudad costera inglesa—, de cumplir su sueño de establecer allí una librería. Se verá enfrentada a las pretensiones de Violet Gamart, una representativa mujer de la ciudad que se opone a su proyecto bajo la excusa de realizar allí una galería de arte.

Detrás de cada uno de estos filmes está el deseo de cada ser humano no solo de poder narrar su propia vida, sino también de poner en ella su firma. Es interesante que este anhelo esté puesto en figuras femeninas, signo en muchos momentos de una falsa consideración de debilidad, de lo que se clausura dentro de una casa y se les cree sin suficiencia de su trabajo para ser nominadas. Cada una de ellas: Joan, Colette, Florence, son adalides no únicamente de un derecho femenino, sino de todos aquellos que son silenciados o subvalorados en su propia historia o de quienes consideran su vida no digna de ser representada.

Precisamente, Paul Ricoeur, en un ensayo titulado “La vida: un relato en busca de narrador”, afirma que cada uno es el narrador de su propia historia y puesto que él mismo sostiene que es incongruente hablar de “una historia no narrada”, ya que todas las historias son por definición narradas, nos lleva a reconocer la relación intrínseca entre narrar y vivir.

La Joan que se resiste a permanecer un día más en el anonimato; la creatividad de Colette, que decide ser la mano que sostiene la pluma que escribe la historia —como se dirá en la película—, y el coraje de Florence ante la adversidad, son una llamada a tener el derecho de narrar viviendo nuestra existencia dispuestos a poner en ella la firma del propio nombre.

Cuentan de Emily Dickinson, la poeta norteamericana, quien escribiera: “Arrebátenme todo, pero déjenme el éxtasis y seré entre los hombres la más rica”, que para ella vivir era tan ineluctable que era poco el tiempo que tenía para otras tareas. El derecho a narrar es la necesidad de vivir la propia trama de una historia que solo cada uno puede contar o, mejor, vivir.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Columna del lector

Pronósticos Duque, 2019

Por un país más incluyente

A Francia no le importa la igualdad