Por: Columnista invitado

El derecho a no hacer tareas

*Jose Darwin Lenis Mejía 

Hoy cuando la modernidad aprieta con mayor fuerza al sistema educativo desde la tecnología, la política y la economía, llega a Colombia  principalmente a las instituciones escolares de primaria y secundaria un movimiento de padres y madres de familia, acudientes y ciudadanos que exigen a las escuelas cero actividades académicas o “cero tareas” fuera de la institución e incluso dentro de la misma. Parte de esta génesis conflictiva las establece el sistema económico por exigir a los padres-trabajadores mayor tiempo y disponibilidad laboral.

Los padres al estar agobiados por sus compromisos laborales, cuentan con poca disponibilidad para acompañar en casa a sus hijos en la misión de cumplir seriamente los deberes escolares. Es tan escaso el tiempo dedicado por los padres al seguimiento y acompañamiento académico, que las actividades complementarias son consultadas y copiadas literalmente desde buscadores en la web o páginas de referencia escolar que cada día son más apetecidas por las comunidades estudiantiles de escuelas y colegios.

Por esta vía, la dupla formativa escuela-familia se ha fracturado y presenta serias dificultades de comunicación y de articulación que se evidencian claramente por la cantidad de denuncias a través de redes sociales por el supuesto “acoso de tareas” situación que devela un dilema ético por la responsabilidad y autenticidad que conlleva su realización.

Es claro que el uso de las tecnologías propias de este siglo facilita hacer las tareas, al mismo tiempo que determina desafíos interesantes y competencias propias para los padres y las instituciones. Ser competente en la dinámica de las “nuevas” tecnologías es adquirir las habilidades para la búsqueda relevante de información, análisis  y uso responsable de la misma. 

A modo de ejemplo el espacio más cercano de encuentro familia-escuela, padres-hijos, estudiantes-profesores lo propicia el uso de redes sociales como el Whatsapp o Facebook porque su rapidez facilita la comunicación funcional al instante.

Curiosamente por estas mismas redes muchos grupos de padres censuran drásticamente las famosas “tareas extracurriculares” incluso procesos tan importantes como la lectura y la escritura en casa, en lo cual según  Min-Educación un colombiano en promedio lee entre 1,9 y 2,2 libros cada año.

Expresan los padres que dejar actividades de este orden para la casa  supone asumir el rol de “estudiar por sus hijos” además de convertirse en una carga pesada, estresante y angustiante. Por ello, exigen decretar el derecho a cero tareas o compromisos extraescolares como lo propuso el alcalde del Municipio de Soledad, Joao Herrera.

Es preponderante comprender que el buen uso del tiempo libre en casa estimula a los niños y jóvenes a adquirir competencia actitudinales, procedimentales, ciudadanas, cognitivas y sociales para la vida.

La lectura y el trabajo académico estimulan el sentido de esforzarse, de escribir, de construir autonomía, fortalece la creatividad y fomentar el pensamiento crítico.

Desde la mirada opuesta, hacer poco o nada en casa, seguramente cultiva la pasividad académica, los malos hábitos sociales y los bajos desempeños en un proceso acumulativo que en pocos años mostrará resultados, posiblemente negativos. La pregunta obvia en el corto plazo será ¿Quién tuvo la culpa? para muchos expertos el sistema económico nos hace cómplices y en cierta medida no culpables por ser sujetos del rendimiento. Sujetos que según el filósofo Byung Chul Han, “son aparentemente libres, pero en verdad son esclavos del sistema del libre mercado” porque productivamente se explotan al máximo para tener unos mínimos de satisfacción humana. En esta perspectiva, pareciera que el sistema económico global  promoviera  una lógica escolar invertida de menos compromisos por saber y más por hacer sin preguntar para qué.

Si aceptamos que no es productivo hacer “tareas” en casa, la mejor solución, la más idónea, la más coherente seria realizar las actividades-tareas en las mismas instituciones y rediseñar el currículo para eliminarlas.

Es cierto que hay tareas totalmente desbordadas e incoherentes como pedirle un niño de transición que construya una maqueta arquitectónica, pero es inaudito aceptar que la finalidad de no hacer “tareas” viole  el derecho de los niños a la indagación, al desarrollo de potencialidades e inteligencias que se movilizan al enfrentarse a un buen problema o una tarea retadora.

No hacer tareas socaba la institucionalidad, afecta el compromiso por asumir responsabilidades propias y a su vez indirectamente inciden en que tengamos un menor disfrute de capital cultural, un debilitamiento del fomento a la investigación, la lectura y consecuentemente la escritura.

Finalmente, existe una contradicción total al creer que haciendo lo escolarmente mínimo por escribir bien, por potenciar la lectura o estimular las competencias cognitivas queremos obtener mejores resultados en las pruebas internacionales, gozar de una mejor convivencia y tener más o mejores científicos. Entonces, no es para nada extraño que pronto terminemos asumiendo el derecho a cero tareas o actividades escolares, el derecho a no aprender, el derecho a no investigar o el derecho a no dudar, todos propios de una escuela “light” y una sociedad que promueve la perversión social a través de la política del menor esfuerzo. 

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