"Yo imito, no ridiculizo a los personajes": Hugo Patiño

hace 9 horas
Por: Santiago Montenegro

El derrumbe de Bogotá

A comienzos de la pasada década —y del nuevo siglo— la ciudad de Bogotá era una luz de esperanza en medio de un país que se desmoronaba a pedazos.

Varias agencias internacionales incluían a Colombia dentro del grupo de los Estados fallidos, el desempleo rayaba el 20 por ciento, el déficit fiscal subía al 7%, el spread de la deuda se situaba por encima de los mil puntos básicos, el ingreso por habitante llevaba cuatro años estancado, los grupos alzados en armas controlaban quizá más de un 40% del territorio, miles de profesionales con sus familias viajaban al exterior a probar mejor suerte.

En medio de esta dramática y descorazonadora situación, Bogotá construía y expandía un sistema de transporte masivo que habría de convertirse en un modelo a nivel mundial, se construían parques, andenes, nuevas avenidas y se tapaban los huecos de las calles, nuevas normas de cultura ciudadana eran acatadas por la gente, los carros dejaban de pitar y de parquearse sobre los andenes, la gente cruzaba las calles sobre las cebras, los andenes eran para los peatones y dejaban de ser punto de localización de los vendedores ambulantes, emergían nuevos grupos políticos que disputaban la hegemonía a una larga y fuerte tradición de clientelismo y politiquería.

Si saltamos una década y nos trasladamos al presente, la situación es radicalmente diferente. A pesar de que muchos y graves problemas subsisten, Colombia ya no es un Estado fallido, la economía crece, el desempleo es la mitad del de hace 12 años, ha caído la pobreza y hasta la desigualdad, medida por el coeficiente de Gini, se ha reducido en montos importantes. La inversión extranjera ha venido en sumas históricamente elevadas, muchos profesionales y sus familias han regresado y se respira, en general, un aire de muchísima más libertad que la que teníamos en los años de San Vicente del Caguán. La que ahora parece una ciudad fallida es Bogotá. Y no es por falta de plata. Las finanzas están en buen estado y la ciudad tiene grado de inversión, razón por la cual tiene acceso a grandes líneas de financiación interna y externa. Pero el Transmilenio tiene sólo dos quintos de la longitud que debería tener, se han dejado de construir nuevas vías, las que existen están destrozadas, la mal llamada Autopista Norte está llena no sólo de huecos, sino de unas grietas peligrosísimas, el comercio ambulante ha vuelto a poblar los andenes de las principales calles y avenidas, hay mugre por doquier y, aunque el homicidio ha caído, proliferan los asaltos a las casas y el raponeo en las calles y en los buses, se paró la construcción de la Avenida Longitudinal de Occidente, la construcción de edificaciones privadas está detenida y los trancones son cada vez más largos e insoportables. No es fácil explicar cómo llegamos a esto, pero quizá baste decir que es la consecuencia de una administración con agenda negativa. Una administración que sabía lo que no quería, pero no sabía lo que quería. Una administración que parece odiar al sector privado y el legado de las buenas administraciones del pasado, particularmente la de Enrique Peñalosa. Una administración que parece no quererse a sí misma, con peleas, destituciones y renuncias casi a diario. Quienes vivimos en la capital no nos merecemos esto. No podemos seguir mirando impávidos el derrumbe de Bogotá.

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