Por: Mauricio García Villegas

El derrumbe de las Farc

EL ESPECTACULAR RESCATE DE LOS quince secuestrados que estaban en poder de las Farc es, a mi juicio, no sólo el golpe político y militar más duro y contundente jamás infringido por el Ejército a ese grupo guerrillero, sino también una buena oportunidad para lograr la paz y la reconciliación nacional.

Empiezo por lo primero, por el golpe. Durante los últimos años, las Farc concentraron lo fundamental de su estrategia, de sus recursos y de sus esperanzas políticas en el secuestro. Me imagino que, en el interior de la guerrilla, la adopción de esta estrategia no fue una decisión fácil; incluso desde el más ortodoxo de los credos comunistas, justificar el secuestro –sobre todo el de civiles– es algo muy difícil. El hecho es que con debates internos o sin ellos, esa política fue adoptada como parte fundamental de la lucha revolucionaria y ahí fue el acabose para las Farc; el comienzo de su degradación moral y política. ¿Quién, hace diez años, iba a pensar que esta debacle guerrillera iba a ser causada por la práctica del secuestro, más que por sus vínculos con el narcotráfico?

Pero el gran éxito militar del pasado miércoles no debe oscurecer el hecho de que la primera gran derrota de la guerrilla tuvo lugar en el seno mismo de la sociedad; allí se fue gestando, poco a poco y con la ayuda de los medios de comunicación que difundían las imágenes y los relatos de horror de los plagiados, un poderoso sentimiento cívico en contra el acto execrable del secuestro. Fue entonces cuando la estrategia del chantaje utilizada por la guerrilla se revirtió contra ella misma: la ciudadanía dejó de ser un rehén pasivo –Íngrid Betancourt, con su actitud digna y altiva tuvo mucho que ver en esto– y terminó movilizándose contra las Farc.

Ahora paso a lo segundo, a la esperanza. Como van las cosas, la guerrilla puede tener un muy mal final; el final sangriento propio de una banda criminal. Pero el país todavía se puede ahorrar el montón de muertos de ese epílogo macabro. Para ello se necesita, por un lado, que la nueva cúpula guerrillera reconozca el fracaso del uso de la violencia como método de acción política y se siente a hablar de paz y, por el otro, que el Gobierno asuma las conversaciones de paz sin revanchismos –en esto también se puede aprender mucho de Ingrid– con dignidad de Estado y por el bien del país y de la reconciliación nacional.

El día que Colombia no tenga guerrilla –por primera vez en mi vida contemplo en serio esa posibilidad– no sólo tendremos una disminución sustancial de los índices de violencia, sino una mejor sociedad y una mejor democracia. Hace muchos años que el debate político colombiano está envenenado por la presencia de la guerrilla. Las Farc no sólo han perturbado la unidad política y programática de la izquierda, sino que han alimentado una extrema derecha irracional y energúmena, de la cual se ha nutrido el paramilitarismo. La guerrilla y los paramilitares, con sus respectivos soportes en los extremos del espectro político legal, han asfixiado el debate democrático y han reducido la contienda a sus meras expresiones clientelistas.

Sin la guerrilla, su opuesto paramilitar se derrumbaría y el debate democrático tomaría oxígeno y fuerza. La guerrilla y los paramilitares son como dos monstruos que –paradójicamente– no sólo se fortalecen en la medida en que se atacan, sino que se mueren cuando su enemigo fallece.

* Profesor de la Universidad Nacional e investigador de Dejusticia.

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