Por: Eduardo Barajas Sandoval

El desafío de Rumania

Las credenciales políticas deberían contar tanto o más que las económicas a la hora de clasificar a los países en el seno de las organizaciones internacionales.

El respeto por los principios del Estado de Derecho, el compromiso auténtico con las libertades, la limpieza en el manejo de los asuntos públicos y la igualdad de oportunidades, deberían ser indicadores determinantes del trato que merece uno u otro país, en lugar de tener en cuenta solamente los resultados del comportamiento económico del conjunto.

La costumbre de acomodar las metamorfosis del Estado a los intereses de partido, cuando no a las personales de uno u otro individuo, la solución de problemas mediante el recurso primitivo a la manipulación institucional a la medida, y la remoción de obstáculos mediante decisiones acomodaticias para allanar el camino que le de validez formal a cualquier propósito, no son otra cosa que signos de precario desarrollo democrático.

Los que exigen con ahínco resultados económicos sobresalientes como condición para seguir formando parte de una alianza de integración política y económica como la de la Unión Europea, deberían ser lo mismo de exigentes en los dos aspectos, porque en contextos como el europeo, hasta ahora paradigma de la integración y la búsqueda de un destino común, serviría de muy poco que los miembros del club respondieran a cabalidad en materia de rendimiento económico si por otro lado sus credenciales políticas presentan déficits ostensibles.

La crisis política rumana ha puesto de presente cómo un país miembro de la Unión Europea, en este caso salido de una experiencia política de represión y autoritarismo de varias décadas, puede descender drásticamente en los estándares de calidad de funcionamiento del Estado para llegar a niveles que no le habrían permitido en su momento entrar a formar parte del proceso de integración. Las disputas entre el presidente conservador Traian Basescu y el jefe del gobierno, el socialdemócrata Victor Ponta, alimentadas por la animadversión personal y por las diferencias de apreciación sobre los deberes de cada quién, presentan un espectáculo de mutuas recriminaciones de acaparamiento del poder y burla de las instituciones que ubica al país muy lejos de los parámetros que le permitirían formar parte de un grupo que se quiere caracterizar por un compromiso institucional de mejor calidad.

Tanto Rumania como la Unión Europea hicieron en su momento esfuerzos grandes para que el país pudiese ser aceptado en el seno del proceso de construcción de los ideales de la Europa comunitaria. A partir de entonces todo parece indicar que el comportamiento económico del nuevo miembro ha sido objeto de cuidadoso seguimiento, pero el desarrollo de su vida política no ha merecido la misma atención. Y es frente a esa situación que el desbalance que se presenta y que condujo ya a la destitución del Presidente, hace pensar que el país puede estar en el curso de una descomposición política que implique un retroceso democrático que le aleje del conjunto de la Unión Europea, dentro del cual aún los países con mayores dificultades internas presentan credenciales democráticas indudables.

En la medida que el ingreso a la Unión implica, en todo caso, una cesión importante de soberanía, la mirada y la calificación comunitarias no se pueden limitar a la calidad del manejo de la economía, porque existen otros parámetros, de enorme importancia para el bienestar mismo de los pueblos, que no se pueden dejar de lado. Por eso es apenas normal que surjan voces que reclamen por el hecho de que el proceso político rumano no ha merecido la misma atención que su proceso económico, y que las exigencias que se le han hecho al país, dentro del marco de las obligaciones comunitarias, no han sido suficientes para estimular la observación de unos estándares más acordes con los que deben caracterizar a los países europeos.  

 

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