Por: Luis I. Sandoval M.

El desafío democrático

Es lugar común decir que los problemas de la democracia se arreglan con más y no con menos democracia.

Pero no lo es en Colombia donde hoy se está proclamando ruidosamente que las fallas del sistema político democrático, que puede estar volviéndose un Estado fallido (Foreign Affairs, 2012), tienen que superarse mediante un giro autoritario que eufemísticamente se autodenomina puro centro democrático o frente antiterrorista.

Se está planteando que por el hecho de que no están saliendo bien los planes del Presidente Santos, hay que volver a los del Presidente Uribe que tampoco dieron resultado, o tan solo transitoriamente. Se quiere poner al país a escoger entre la conducción de las élites gatopardistas de la república señorial o la de las élites retardatarias y mafiosas del Estado de opinión. Algo así como statu quo o regeneración, afirmación del viejo país político y negación del nuevo país nacional.

A todas luces el dilema es falso. Colombia tiene la posibilidad de otro horizonte, otro camino y otro gobierno, si quienes pugnan por el cambio asumen el desafío democrático y se coaligan para crear una opción diferente a las opciones gatopardista y mafiosa. La patota se puede sobreponer a la manguala. La ilegitimidad e inconformidad del momento es preciso traducirlas en iniciativa y propuesta de cambio. En el país hay materia prima de sobra para construir una opción alternativa que oriente la nación por caminos de dignidad, justicia, transparencia y paz en el marco de la institucionalidad democrática.

Los más graves problemas del país: la pobreza y la miseria de más de la mitad de su población, la desigualdad creciente a pesar de la riqueza creciente, el conflicto armado que se mantiene para ganancia de pocos y pérdida de muchos, el comercio ilegal de estupefacientes que alimenta artificialmente el conflicto, la reducida capacidad del Estado para responder satisfactoriamente a los derechos básicos de las mayorías, la necesidad de abrirse a la economía continental en expansión, la respuesta a la demanda de innovación que crea la crisis del capitalismo global, todos estos problemas constituyen lo que podemos llamar el desafío democrático. Son problemas interrelacionados que solo comenzarán a solucionarse si avanzamos seriamente en la democratización, o socialización de la economía y del poder. Ello supone ganar una comprensión del valor revolucionario de la democratización en profundidad.

En Colombia puede constituirse una fuerza política plural (partidos y movimientos) para un gobierno de coalición que desarrolle un programa democrático capaz de realizar las transformaciones que las élites gatopardistas o mafiosas nunca realizarán. Y el impulso para ello vendrá desde abajo porque la democracia es de ordinario una conquista de los de abajo, no una concesión de los de arriba. La esperanza está en el auge de la lucha civil y radical de masas que se advierte, con posibilidades de sostenibilidad, en muchas regiones y con momentos de alcance nacional.

Esta radicalidad democrática de las luchas civiles, que es una alternativa a las armas y no una confluencia con ellas, se acaba de manifestar extraordinariamente en la acción de los indígenas caucanos por liberar sus territorios de la presencia armada, en la lucha ciudadana contra la perversa reforma de la justicia, meses antes en la acción colectiva de los estudiantes por una reforma educativa democrática. Radicalismo civil en lugar de radicalismo armado. Las banderas están claras: justicia social, étnica y ambiental; la perspectiva también: un país sin guerra, con democracia, derechos y dignidad, abierto al mundo.

La lucha emancipatoria de masas es hoy una posibilidad real en Colombia. Ojalá lo entienda la izquierda y no lo frustre la derecha.

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