El desafío global de la crisis

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La crisis del coronavirus no es una crisis cualquiera, su magnitud y efectos sobre la vida, la salud y la sociedad en general constituyen un antes y un después para la humanidad y para la vida en el planeta. De la forma como se enfrente la pandemia y la posterior recuperación de la sociedad y de las economías dependerá el futuro de la vida, tal y como la conocemos.

Existe un consenso sobre que la magnitud de la crisis desbordó la capacidad de respuesta de los distintos Estados, a pesar de que existía evidencia “de que nos enfrentamos a la amenaza muy real de una pandemia fulminante, sumamente mortífera, provocada por un patógeno respiratorio que podría matar de 50 a 80 millones de personas y liquidar casi el 5% de la economía mundial”, como lo advirtió en septiembre de 2019 la Junta de Vigilancia Mundial de Preparación en su informe “Un mundo en peligro”, reporte que no me canso de preguntar por qué no se tomó en serio este dramático llamado de atención por parte de los distintos gobiernos.

El virus es el mismo, pero golpea de manera diferente a los países en función de la capacidad de respuesta de los gobiernos y la disciplina social de sus ciudadanos. Aquellos países que tomaron medidas de mitigación con mayor rapidez lograron frenar con mayor eficacia la curva de contagio, a diferencia de aquellos que no reaccionaron a tiempo, como España, Italia y Estados Unidos, y hoy con el número de contagios y de muertes ya se puede hablar de una tragedia humanitaria que no estaba en las cuentas de nadie.

Un informe del Imperial College London, como lo ha señalado Alejandro Gaviria, quizás el documento de análisis y de recomendaciones de política pública más influyente que se ha escrito en esta coyuntura, indica que la combinación de medidas de mitigación y supresión con fortalecimiento de los sistemas de salud, medidas económicas de protección a los sectores más vulnerables de la población y fuertes intervenciones en la economía por parte del Estado harán la diferencia en materia de vidas y de recuperación de las economías, como también lo ha planteado un reciente informe del BID sobre los desafíos de política pública frente al COVID-19.

Los gobiernos tienen poco margen de maniobra –poca información, pocos recursos y poca legitimidad– y se enfrentan a decisiones trágicas: reabrir las economías tiene un potencial de aumentar la curva de contagio y de muertes, las medidas de aislamiento social –para aplanar la curva– tienen profundo impacto en las economías y en la supervivencia de miles de ciudadanos que viven del día o de quienes empiezan a perder sus puestos de trabajo. Las alternativas de política son inciertas y dependen de innumerables variables que los gobiernos no controlan, el peor escenario para un decisor de políticas.

Pensar que los mismos actores y los mismos patrones de producción, consumo, relacionamiento social y gobernanza que nos llevaron a este desastre nos van a sacar de la crisis es ingenuo y trágico. Sin un escenario de cooperación científica global para encontrar mejores tratamientos y una vacuna que deberá ser distribuida globalmente en condiciones de igualdad –escenario improbable en presencia de liderazgos nacionalistas y tóxicos– y sin profundos cambios en nuestra manera de vivir y nuestro sentido de comunidad política, reconfigurando el mismo principio de soberanía estatal y las prioridades de la acción política, asistiremos impotentes y aterrorizados al advenimiento de un pequeño apocalipsis.

@cuervoji

 

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