Por: Columnista invitado

¿El desarrollo y el futuro?

Por: Alberto López de Mesa

Los de mi generación asumíamos las ciudades del futuro con los imaginarios que nos aportaron en la infancia los dibujos animados de Hanna-Barbera en los “Supersónicos”, los clásicos de televisión “Viaje a las estrellas” y del cine “2001 Odisea del espacio”, para mi también fue reveladora la novela “El mundo feliz” de Aldous Huxley, estas y otras muchas expresiones de la literatura de ciencia ficción, proponían una noción del desarrollo apoyado fundamentalmente en la tecnología. El acero, el aluminio, el vidrio, el cemento, los acrílicos, el polietileno y demás sintéticos derivados del carbón y del petróleo se idealizaban como los materiales óptimos para resolvernos la vida en sociedades funcionadas por los máquinas y los robots. Desde esos tiempos ya se avisaba la industrialización de la arquitectura, la globalización de las comunicaciones y el imperio de la cibernética. De hecho el mundo optó por esa ruta del desarrollo y los que era un ideal es hoy la realidad.

Hace poco vino a Bogotá, desde la Sierra Nevada de Santa Marta, el indígena Wiwa Ramón Gil. Paseábamos por el centro internacional y mi intrigó el modo en que observaba los grandes edificios, nada me habló durante el paseo, solo cuando nos sentamos en una banca del parque de la Independencia, me dijo: “Para construir esas torres debieron destruir muchos cerros”.

La reflexión del viejo indígena, aunque serena, demostraba algo de reproche y la verdad, me hizo caer en cuenta de lo poco o nada que nos importa que todo lo que usamos para la vida proviene de la naturaleza.

Yo me formé en una facultad de arquitectura que inculca nociones del desarrollo totalmente capitalista, esto es, que las obras de infraestructura, las edificaciones en general corresponden a la industria de la construcción e importan prioritariamente como mercancía, esto es: por su competitividad, por su funcionalidad, por su rentabilidad.

Obviamente, desde esa noción del desarrollo las empresas de construcción buscan canteras de arena y de piedra y de cal y de cemento para satisfacer sus productividad, pero, ¿reponen lo que destruyen? ¿Destinan una parte de la ganancia en reforestar?¿El estado les exige alguna acción social sobre las comunidades afectadas por la abrupta explotación de las canteras?

¡No! El desarrollo pensado desde la rentabilidad es inmediatista, un reservorio de agua, para los constructores es un potrero, un lote barato, perfecto para construir urbanizaciones a buen precio.

La advertencia del indígena Ramón Gil es sabia y oportuna, porque ya la vida nos está cobrando el abuso irresponsable de los recursos naturales.

El desarrollo ajeno a la vida y a la naturaleza será el apocalipsis.

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