Por: Arlene B. Tickner

El desastre iraquí

El fortalecimiento y la expansión del control territorial del Estado Islámico en Irak y el Levante (ISIS), un grupo criticado por el mismo Al Qaeda por la brutalidad de sus tácticas, el llamado público del gobierno iraquí y del clérigo chiita a tomar armas contra los militantes sunitas y la escalada general de la violencia ponen de relieve el desastroso legado de Estados Unidos.

La perplejidad en Washington es tal que, por un lado, el presidente Barack Obama sopesa la violación de su propia promesa de no usar la fuerza militar unilateral en casos en que los intereses nacionales vitales no estén amenazados, y por el otro, voces tanto demócratas (incluyendo el secretario de Estado, John Kerry) como republicanas, plantean la posibilidad de cooperar con el adversario, Irán, en la búsqueda de una salida a la crisis.

Más allá del oportunismo absurdo de quienes acusan a Obama de perder una guerra que supuestamente Estados Unidos ya había ganado, ésta no solo nunca habría podido “ganarse”, sino que abrió la caja de Pandora. Además de exacerbar el antiamericanismo, la invasión y ocupación militar en Irak, provocó la destrucción de las pocas instituciones que existían, incluyendo el Ejército, la agravación de la inseguridad ciudadana, la llegada de grupos yihadistas-terroristas en cuyo nombre, irónicamente, la guerra se había declarado, y el cambio del balance de poder a favor de los chiitas.

Pese a ser un dictadura secular que no se identificaba abiertamente como sunita, y que castigaba por igual a todo opositor, bajo el régimen de Sadam Husein los chiitas (y los kurdos) reforzaron una identidad basada en la victimización y la exclusión del juego político. En lugar de la reconciliación y la integración de distintos grupos étnicos y religiosos al Estado posguerra, el primer ministro, Nouri al-Maliki, ha reproducido las mismas tácticas frente a los sunitas (y los kurdos), a saber, el clientelismo (para comprar la lealtad de determinados actores políticos), la discriminación y la violencia, que han impedido la construcción de un proyecto nacional en el pasado. Así, aunque los líderes y clérigos moderados, junto con la mayoría de la población sunita, pueden no identificarse con el ISIS —en especial por la brutalidad de sus métodos—, tampoco reconocen la legitimidad de un orden político excluyente, ni de un gobierno sectario cuya autoridad ha sido impuesta y no concertada mediante un contrato social amplio.

Ante el escenario descrito, que en buena medida es obra de Estados Unidos, toda alternativa es igualmente mala. No hacer nada representa el riesgo de una implosión del Estado iraquí, el avance de ISIS —organización cuyos intereses estratégicos no se limitan a Irak y Siria solamente— y el empeoramiento de la violencia. Acompañar el desmembramiento del país en tres miniestados (chiita, sunita y kurdo) no augura resultados más alentadores. Y reinvolucrarse militarmente con el fin de defender a un gobierno considerado ilegítimo por sectores significativos de la población, eventualmente en asocio con Irán, amenaza con agudizar las tensiones sectarias ya existentes (al crear la sensación de que Obama está tomando partido en la crisis), empeorar aún más la imagen negativa de Washington y prender las alarmas entre los países que temen por el aumento de la influencia iraní en la zona, entre estos Arabia Saudita e Israel. En una palabra, un desastre.

 

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