Por: Eduardo Sarmiento

El desbarajuste de la economía

Tal como lo anticipé al principio del año pasado, luego de avanzar a tasas superiores al 6% en 2011, el producto nacional se deterioró progresivamente hasta terminar en un crecimiento de 3% en los últimos dos trimestres.

Los cambios metodológicos introducidos a las obras civiles elevaron el promedio del año a 4%, pero no alteraron la tendencia ni la composición sectorial. En el último trimestre la industria descendió 3%, la agricultura creció cerca de la población, la construcción se vio envuelta en una burbuja de precios que le introduce grandes oscilaciones y la minería decayó. La modesta actividad de la economía se originó en los servicios y en los cambios de metodología. Lo grave es que no tiene cómo parar. En enero y febrero se replican los pobres índices de la industria, el comercio y las exportaciones.

La enorme diferencia entre las predicciones del Banco de la República y el Ministerio de Hacienda, así como la realidad, está en las concepciones de libre mercado que sirven de base para el diagnóstico y la orientación de la política. Se presupone que la economía crece a tasas constantes, es regulada por la tasa de interés y que las perturbaciones se corrigen por la vía del mercado o de la política monetaria. En general, se dio por sentado que el desempeño de la economía en 2011 se replicaría en 2012 y que cualquier alteración se corregiría con ajustes de la tasa de referencia del Banco de la República.

La realidad resultó totalmente distinta. La economía no opera dentro de un marco de equilibrio en que el crecimiento de un año se extiende al siguiente. Se encuentra, más bien, dentro de una burbuja dictada por la tasa de interés externa y la modalidad de tipo de cambio flexible. La entrada de capital induce una revaluación y un déficit en cuenta corriente que provocan la explosión del crédito y el disparo de los precios de los activos. El auge es un preludio de la caída.

La burbuja se reventó a finales de 2011 y las autoridades no hicieron mayor cosa para contrarrestar sus efectos sobre la demanda efectiva. Por el contrario, bajaron los aranceles, pusieron en marcha el TLC, en particular el de EE.UU., acentuando el déficit en cuenta corriente y adoptaron una reforma tributaria que reduce los ingresos del trabajo con respecto al capital y contrae la demanda interna. Así las cosas, la economía quedó expuesta a la clásica caída de la producción ocasionada por un déficit en cuenta corriente y los errores de diagnóstico.

A lo anterior se agregan las locomotoras. El país está pagando los costos de un perfil productivo concentrado en la minería y los servicios para adquirir abaratados en el exterior los bienes industriales y agrícolas. Lo que el país gana con los menores precios de estos bienes lo pierde con creces en el valor agregado y el empleo.

El rápido deterioro de los índices más visibles cambió la actitud oficial, pero no la concepción ni el diagnóstico. Ahora pretenden superar el descalabro con la receta de austeridad fiscal y la tasa de interés de referencia.

La baja de esta tasa, incluso con compras esporádicas de divisas, no garantiza una devaluación que reduzca en forma apreciable el déficit en cuenta corriente, y menos la reactivación. No será fácil salir de la encrucijada sin una modificación de la concepción macroeconómica, el freno a la inversión extranjera y el cambio de las prioridades sectoriales en favor de la industria y la agricultura.

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