Inicia el ciclo del nuevo Congreso de la República

hace 12 segs
Por: Beatriz Vanegas Athías

El descaro, la marca nacional

El descaro —dice el diccionario y comprueba la vida— es la actitud de la persona que obra o habla con excesiva desvergüenza y falta de comedimiento o de respeto. El descaro debería ser la actitud que define a los políticos colombianos y a la historia que ellos han escrito tan mal. Ejemplos de descaro abundan en actos coronados con frases como aquella del judicializado senador sucreño García Romero, más conocido como “el Gordo García”, quien ha construido una verdadera fortuna no precisamente por ayudar a entrar al desarrollo a Sucre, uno de los departamentos más pobres económica y culturalmente de Colombia. El mencionado político dijo en plenaria del Senado en el año 2006: “Yo tengo diez años de no hablar en este Senado”. Y no se le quebró la voz, ni se asomó el pudor por ningún lado. Ustedes se imaginan cómo estaría Sucre donde este señor hablara; sin duda, ya se hubiera extinguido.

El descaro debería medirse en niveles, sobre todo cuando se hace abiertamente y sin disimulo. Vale recordar el tono solemne de César Pérez García, expresidente de la Cámara de Representantes en 1993 y condenado a 30 años de prisión por la masacre de Segovia, quien con total descaro expresó: “Desacreditar al Congreso es desacreditar a la democracia”. Y esta otra perla del otrora candidato presidencial Enrique Olaya Herrera quien en carta al expresidente Carlos E. Restrepo en 1930 dice: “Recuerde, doctor, que entre nosotros no se computan votos sino trampas”.

Acostumbrados a la tragedia, en una suerte de sino trágico que hemos naturalizado porque se cree que “pudo ser peor”, el descaro, que algunos llaman también cinismo, no es propio del patriarcalismo institucionalizado que ha construido a golpes de guerra y corrupción el intento de historia republicana colombiana. En abril de 2014, cuando ocurrió la mortandad de chigüiros en Casanare, era ministra de Ambiente y Desarrollo Sostenible Luz Helena Sarmiento y lo único que se le ocurrió argumentar ante las denuncias de los medios fue: “No fue la tragedia que los medios presentaron en Casanare; allí hay un millón de chigüiros (…) sólo se murieron 6.000”. Así la lógica del descaro, fueron sólo seis millones de desplazados, el país aguanta porque somos casi 50 millones de habitantes.

Podríamos hacer una antología del descaro político colombiano, pero hay que cerrar esta columna. Y la cierro con la tapa proveniente del descarado patológico que  tiene el país en  desenfreno total. Se trata de este trino del 1° de septiembre del senador Álvaro Uribe: “Vengo a pedir humildemente que me defiendan y cuando digan: ‘Uribe cometió tal error’, digan: perdónenlo que el hombre quiere al país”. Lo primero que hay que perdonar es su mala ortografía pues le puso tilde a digan. Increíble este trino pues nada en él justifica las actitudes de soberbia, manipulación y belicismo con las que ha conducido su carrera política. Con qué cara pide que lo defiendan: no se puede defender lo indefendible, no se le puede pedir a la víctima que ame al victimario, un victimario que ha sido: promotor de grupos al margen de la ley y de la incrementación de la guerra en Colombia a través de la infame estrategia de los falsos positivos; afianzador de la desindustrialización del país gracias a su política privatizadora; secuestrador de la salud a partir de la Ley 100; atizador del fanatismo que ha desquiciado el poco raciocinio de los colombianos. Ese trino está plagado de lo mismo de siempre, es decir, del descaro engañabobos de un cínico compulsivo patológico. Y qué lástima que los bobos pululen.

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