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hace 12 horas
Por: Eduardo Sarmiento

El desconcierto de la revaluación

La ortodoxia estaba montada en la creencia de que el modelo de inversión extranjera y del Emisor garantizaba el buen funcionamiento de la economía en materia de crecimiento, control de la inflación y estabilidad cambiaria.

La euforia causada por el elevado crecimiento del PIB en 2007 llevó a los funcionarios oficiales a atribuirlo a la entrada de capitales inducida por la confianza, el libre comercio y la prudencia del Banco de la República. No advertían que en esos momentos las condiciones objetivas de la economía revelaban una realidad opuesta.

La mala calidad del crecimiento, la coexistencia de la revaluación e inflación y el déficit en cuenta corriente constituían un presagio de que la fiesta estaba llegando a su fin. Luego, en sus momentos, registramos la destorcida y el desplome.

El monumental deterioro de los indicadores de las empresas exportadoras, la producción industrial y las ventas del comercio precipitaron un cambio de actitud. A pocos días de celebrar las cifras del DANE que revelaban un crecimiento tipo asiático en 2007, el presidente de la ANDI y los centros cercanos de estudio salieron a cuestionar los resultados y pedir decisiones rápidas.

El desconcierto es comprensible. La ortodoxia estaba montada en la creencia de que el modelo de inversión extranjera y del Banco de la República garantizaba el buen funcionamiento de la economía en materia de crecimiento, control de la inflación y estabilidad cambiaria.

Durante varios años el Banco y los gremios vieron la revaluación como una bendición que venía de la buena imagen del país, cuyos efectos negativos sobre el sector productivo se compensan con la mayor productividad originada por la capitalización y la eficiencia de las empresas privatizadas.

Durante más de dos años el Banco de la República subió la tasa de interés para evitar los brotes inflacionarios con el aplauso de los gremios, los organismos internacionales y las firmas calificadoras de riesgos.

Para completar, la Comisión de gasto público, conformada por reconocidos economistas ortodoxos, recomendó un recorte de $1,5 billones del gasto tanto en 2007 como en 2008 y la propuesta fue acogida por el Gobierno.

¿Qué sucedió? Lo que se anticipó. El modelo de inversión extranjera, en un momento de amplitud de liquidez mundial y dentro de un marco de cambio flotante, genera un proceso de revaluación y expectativas que la amplifican y sostienen. Por lo demás, genera presiones sobre los precios de los bienes no transables y, en un momento de alzas de precios de los combustibles y de los alimentos, coexiste con la elevación de la inflación, que lleva al Banco de la República, dentro del marco de la inflación objetivo, a elevar las tasas de interés.

En síntesis, el modelo se manifiesta inicialmente en altas tasas de crecimiento que no generan empleo y luego en un proceso de revaluación que arrasa las exportaciones y las actividades que compiten con las importaciones, resquebraja la producción y contrae la demanda.

Así como los funcionarios y los círculos influyentes no tenían teoría para anticipar la devastación de la revaluación y el desplome del crecimiento, tampoco la tienen para interpretar los comportamientos y divisar las soluciones. El Emisor sostiene que la revaluación es inatacable y sus alternativas se reducen a subir y bajar la tasa de interés. El Ministro de Hacienda se manifiesta sorprendido. La Comisión del gasto público sugiere repetir el recorte de gasto que ya se hizo, y no contribuyó ni a reducir la revaluación ni a bajar la inflación. Los gremios  critican los resultados y no presentan alternativas. Los organismos multilaterales y las firmas calificadoras de riesgo demandan subir las tasas de interés. El ex presidente Gaviria propone una reforma tributaria estructural, que no es muy distinta a la que realizó como ministro de Hacienda de la administración Barco.

El rasgo común de estas recomendaciones es que apuntan en la dirección de contraer la actividad productiva, cuando la revaluación, de suyo, es un fenómeno contraccionista. Su adopción replicaría el manejo del último año y medio y los resultados serían los mismos: la revaluación no se modificaría significativamente y el crecimiento y el empleo continuarían en caída.

Las causas de la revaluación están en la liquidez mundial, los elevados estímulos a las privatizaciones y la inversión extranjera, y en el banco central basado en la inflación objetivo y el régimen cambiario flotante.

Así, las soluciones de fondo implican reducir los incentivos a la inversión extranjera, modificar el régimen cambiario y abandonar la practica de la inflación objetivo. La propuesta podría materializarse dentro de un régimen de tasas de cambio dual, en el cual un grupo estaría representado principalmente por las exportaciones de alto valor agregado y el otro por los ingresos de capital. Las divisas del primer grupo podrían reintegrarse a un precio anunciado por el Banco de la República, dígase $ 2.200, y las restantes se negociarían en el mercado.

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