Por: Eduardo Sarmiento

El descuadre de la economía

Luego de varios años de crecimiento superior a 5% y en algunos momentos de 8%, la economía ha entrado en un estado de descuadre.

La actividad productiva viene cayendo aceleradamente. Tras haber crecido al 12%, la producción industrial descendió en octubre a 5,6%, revelando un total estancamiento con respecto al primer semestre. Segundo, la tasa de interés de las colocaciones se disparó, las de consumo y microcrédito se encuentran por encima del 30% y la cartera vencida aumentó 60%. La revaluación se ha acentuado y el déficit de cuenta corriente aumentó exageradamente y se acercará al 4% del PIB al final del año; el único soporte son las exportaciones a Venezuela, que crecen 60% y están en entredicho. Para completar, los empresarios se resisten a ajustar los salarios siquiera por encima de la inflación causada.

Cuando no se dispone de diagnóstico, la primera tendencia es acusar a aquellos que están mas cerca de las manifestaciones. El presidente de Bavaria culpa a los bancos por las altas tasas de interés. El presidente de la ANDI justifica la negativa a subir los salarios a la caída de la productividad del trabajo. El Banco de la República atribuye a la liquidez mundial la revaluación. Si bien estos aspectos pueden tener alguna influencia, de ninguna manera son los más importantes. El alza de la tasa de interés del crédito es el resultado de la elevación de la tasa de redescuento y de la fuerte succión de liquidez dictaminada por el Banco de la República. Los empresarios saben mejor que nadie que los enormes incrementos de la producción de los últimos años se han logrado con modestas ampliaciones de la nómina, es decir, con aumentos notables de la productividad; el verdadero escollo para subir los salarios es la revaluación, que colocaría en serias dificultades a las empresas destinadas a la exportación y a la sustitución de importación. La principal causa de la revaluación es el monumental diferencial entre la tasa de interés interna y externa propiciada por el Banco de la República. En el fondo, estamos ante las manifestaciones de un sistema que produce resultados opuestos a los buscados.

Todos los caminos conducen a Roma. La causa está en el Banco de la República, más concretamente en la concepción de que la inflación es un fenómeno monetario y su prioridad sobre cualquier otro objetivo. De acuerdo con este dogma, al principio del año se fija una meta de inflación y en la medida en que se aparta de la realidad, se procede a subir o bajar la tasa de interés. A principios del año el gerente del Banco, en entrevista con El Espectador, anticipó que esta política lograría la meta de inflación y no alteraría mayormente el crecimiento económico. Las cosas han resultado muy distintas en la realidad. El alza de la tasa de interés de redescuento y la compresión de la liquidez para contrarrestar las presiones inflacionarias de principios del año no han garantizado el cumplimiento de la meta, y en su lugar, han propiciado la caída del crecimiento, el disparo de las tasas de interés y la profundización de la revaluación con el consecuente aumento del déficit en cuenta corriente. El verdadero responsable del descuadre es la teoría de la neutralidad del dinero (el dinero no tiene efectos reales), que sirvió para justificar el banco central autónomo montado en la inflación objetiva y la modalidad de tipo de cambio flexible.

Curiosamente, lo que está sucediendo replica las condiciones que antecedieron el colapso de 1999, que tirios y troyanos reconocen que fue el peor desacierto del siglo, y no dudan en cuestionar. A nadie en su sano juicio se le habría ocurrido repetir semejante experiencia. Sin embargo, las instituciones montadas en teorías equivocadas son tozudas. La causa es exactamente la misma y algunos de sus pilotos los mismos.

El drama no es de poca monta. El banco central autónomo está basado en las teorías más celebradas de la ortodoxia y representa el avance más novedoso de la organización económica de los países desarrollados. En un principio la institución operó satisfactoriamente en Estados Unidos y Europa, pero en los últimos años ha dejado de hacerlo. En Colombia el balance ha sido claramente insatisfactorio; en 1999 condujo a la crisis de marras; entre 1999 y 2002 mantuvo la economía estancada; entre 2003 y 2006 reactivó la producción con revaluación; en 2006 y 2007 propició elevadas tasas de crecimiento que probaron no ser sostenibles y terminaron en déficit en cuenta corriente y disparo de tasas de interés que significan serios riesgos de crisis cambiaria y financiera.

La alternativa es avanzar en una organización que contemple diversos objetivos y actúe en forma coordinada para lograrlos. En términos simples, se plantea un banco central, no autónomo, que oriente el crédito, intervenga en forma directa el tipo de cambio, regule los movimientos de capitales y acuda a instrumentos comerciales y administrativos selectivos.

 

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