Por: Arlene B. Tickner

El desencanto diplomático

Desencanto es lo que produce el nombramiento de Carlos Urrutia Valenzuela como nuevo embajador de Colombia en Estados Unidos.

 A su favor, se dice que habla un inglés impecable y que es uno de los abogados más respetados del país. Pero sería exagerado afirmar, como lo han hecho medios nacionales, que es de los colombianos más conocedores de la política estadounidense porque estudió o porque muchos de sus clientes son de allá, y que lo que le falta en experiencia diplomática y política lo compensa con un conocimiento profundo del derecho comercial.

El desencanto, del cual este nombramiento es tan sólo el origen más reciente, es en realidad triple. Primero, pese a haberse comprometido con la reforma y profesionalización del aparato diplomático y con la transparencia gubernamental (urna de cristal), el presidente Santos ha hecho cuantiosos nombramientos correspondientes a cuotas clientelistas y a criterios de amistad en cargos de importancia en el exterior. En este punto crucial de la política exterior, el estilo del actual gobierno no ha variado frente al de Uribe, con la única diferencia de que los amigos de éste eran finqueros paisas y los de Santos, abogados y empresarios cachacos de la élite.

Segundo, aún reconociendo que el embajador ante Washington casi siempre ha sido del círculo íntimo del presidente, el hecho de que EE.UU. es el país con el que Colombia mantiene las relaciones más estrechas y temáticamente más amplias, junto con la enorme asimetría de poder que existe entre los dos países, implica que no cualquier amigo es apto para ejercer el cargo con éxito. Santos afirmó que Urrutia “… tiene todas las cualidades para representar a nuestro país en este momento tan especial... después de la aprobación del TLC. Estamos poniendo en plena ejecución las disposiciones de ese tratado”.

De lo anterior se infiere que la razón principal por la cual fue nombrado es para que sirva de garante de la seguridad jurídica en Colombia con el fin de atraer más inversión extranjera. Sin embargo, incluso en este punto la ocupación actual de Urrutia como socio de una firma que representa a empresas multinacionales y financieras extranjeras supone un claro dilema en términos de su habilidad para defender otros intereses colombianos.

Tercero, con lo anterior se confirma que el “diálogo de alto nivel” entre Colombia y Estados Unidos, que se inició a finales de 2011 y que prometía ampliar la agenda bilateral a temas como derechos humanos, ciencia y tecnología, energía y comercio, e inaugurar una nueva relación entre iguales, corresponde a una “buena intención” que quedó en el papel. Lo que parece estar presentándose es la mercantilización de las relaciones internacionales (evidenciada con otros nombramientos diplomáticos), consistente en la profundización de lo comercial a expensas de otros objetivos políticos y sociales.

Se trata de un proceso de minimización de la política exterior comparable con la securitización de la que fue objeto la relación bilateral durante los gobiernos de Pastrana y Uribe, y con efectos similares sobre el rol (reducido) del Ministerio de Relaciones Exteriores. Un desencanto diplomático cuyo responsable central es el presidente y no su canciller.

 

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