Por: Diana Castro Benetti

El deseo y una sociedad rota

Brincamos de deseo en deseo. Nada nuevo en una sociedad que conoce a la perfección el mecanismo de la adicción, al punto que se lo apropia para estrategias industriales de refrescos, cosméticos y otras seductoras insignificancias. Axioma de una sociedad que vive de la compraventa de baratijas plastificadas: siliconas, vigor, tecnología, ostentación. Es el circuito vicioso de la frustración consumista que alimenta la tragedia mensual de los pesitos. Con los deseos en descuento, no hay salvación.
Jugar a la innovación de mercancías y a la continua mutación del objeto del deseo es el gran espejismo del individuo y su modernidad. Una rueda maniática de impulso, complacencia, desilusión y obsesión por una pizca de más. La lujuria por el jardín de enfrente es la ruta de las desdichas y el indicio de un sistema social roto. Las inseguridades individuales y las perversiones sociales se instalan en los espejismos y la consigna cotidiana es satisfacer el deseo propio cueste lo que cueste. Por ahí se llega rapidito al asesinato. 
El punto no es el deseo en sí, esa pequeña campanilla nacida a la vida y acompañante fiel de los pasos propios. El deseo es la tuerca esencial para sobrevivir y la brújula perfecta para el viaje interior. Es bienestar y regocijo, es poesía y conspira con el espacio creativo. Sin el deseo no existirían la Venus de Botticelli, el agitado ritmo de Satisfaction de los Rolling Stones ni, menos aun, las novelas de Jane Austen o Henry Miller. El deseo sexual, a su vez, es el motor para seguir en la manada y, también, el fuego necesario previo a la unión mística, un impulso de camino al éxtasis. Como invocación a la existencia, el deseo busca el lugar mágico y profundo con el otro, pero, preso del antiguo mito de Narciso, muere al segundo en Tinder, a la hora en el burdel y vive el infierno cuando el cuerpo empieza su declive. Es la adicción al cambio que, deseo tras deseo, crean la alucinación del éxito, la ficción de las cirugías y la mendicidad en los afectos.
El sutil proceso de indagación interior es el que descubre la filigrana del mecanismo del deseo y de por qué aparece cuando aparece. Proceso que requiere sensibilidad y no mucho talento, para que la suave observación respalde la curiosidad y el asombro por la existencia. Es el viaje microscópico hacia una auténtica libertad. Por eso, aquietar los ritmos corporales, poner el ojo en lo que nos recorre, en cada pensamiento aislado, repetitivo y obsesivo, es pararse en el punto de vista contrario al de la compulsión y abrirle la puerta a la belleza antes de la acción. Lo que todo deseo nos recuerda es el anhelo de vida y plenitud. Verlo de frente, no como la burda urgencia sino como el rito de paso al arte, permite imaginar que estamos a kilómetros luz del despojo y del delirio. 
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2019-06-18T21:11:24-05:00

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