Por: Catalina Uribe Rincón

El desequilibrio de los refugiados

EL PASADO JUEVES 23 DE JUNIO LOS 27 países que conforman la Unión Europea (UE) cedieron ante las presiones de Francia e Italia, y aceptaron la instauración de controles fronterizos internos con "carácter excepcional".

Lo anterior abarca la posibilidad de restablecer las fronteras nacionales de los territorios Schengen, cuando un Estado no se encuentre en condiciones de controlar su zona limítrofe. Todo esto surgió como un rechazo a las peticiones de asilo y protección internacional provenientes de ciudadanos de los países del norte de África que están actualmente en conflicto interno y buscan migrar hacia Europa. Inmediatamente, las voces de rechazo frente a la medida se comenzaron a oír, centrando el debate en el riesgo que incurre cuestionar el principio de libre circulación. Sin embargo, lo que los miembros de la UE no han querido ver es que su problema es insignificante al lado de los países en vía de desarrollo, quienes, según el último informe de la Acnur, reciben al 80% de los refugiados del mundo.

Según la Convención de Ginebra, el término ‘refugiado’ se aplicará a toda persona que “debido a fundados temores de ser perseguida por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a determinado grupo social u opiniones políticas, se encuentre fuera del país de su nacionalidad y no pueda o, a causa de dichos temores, no quiera acogerse a la protección de tal país”. Cabe destacar que el reconocimiento de dicha condición es “declarativo” y no “constitutivo”, es decir, que un refugiado lo es siempre que se den en él las circunstancias especificadas en la Convención, sin importar el reconocimiento por parte del Estado al que migró.

Reconocimiento que, por demás, se ha vuelto el pan de cada día de los países pobres que deben recibir diariamente un número altísimo de refugiados —aguantando el costo de asumir este fenómeno en proporción de sus economías—, mientras que los países industrializados se han preocupado más por asuntos domésticos, como la inseguridad que, según ellos, proviene exclusivamente de los inmigrantes.

Así, son Pakistán, Irán y Siria los que, según el informe, tienen las mayores poblaciones de refugiados en el mundo, con 1,9 millones, 1,1 millones y 1 millón, respectivamente. Pakistán sufre el mayor impacto económico con 710 refugiados por cada dólar de su PIB per cápita, seguido de la República Democrática del Congo con 475 y Kenia con 247. Lo más preocupante son las 15.500 solicitudes de asilo de menores no acompañados, provenientes de Somalia y Afganistán. Lo anterior, sin contar los desplazados internos, quienes forman parte de los refugiados, que únicamente en Colombia suman 3,6 millones.

El temor de los europeos frente a los refugiados es, por ello, no sólo  exagerado, sino inconsciente: han perdido la perspectiva frente a la gravedad de la situación de los otros. Sería más provechoso que, en lugar de escandalizarse, la UE decidiera, como lo sugirió Suecia, incorporar a los refugiados y aprovechar a los más jóvenes para garantizar la sostenibilidad de sus sistemas pensionales.

 

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