Por: Eduardo Sarmiento

El desespero de la inflación

A finales del año pasado, cuando se discutía el salario mínimo, señalé que la inflación causada era mayor que la registrada, y sugerí establecer una meta más alta que diera margen a un mayor ajuste del salario y la recuperación del tipo de cambio.

En su lugar, se procedió a establecer un propósito de inflación igual a la del año anterior, que se desvirtuó en el mismo momento en que se anunció y se llevó por delante la credibilidad del Banco de la República, que por segunda vez consecutiva incumplirá su propia meta. En la última sesión de la junta, en plena turbulencia mundial y disparo de la inflación doméstica, los directores optaron por no hacer nada, revelando el agotamiento de su único instrumento de acción: la tasa de interés. Para completar, el Ministro de Hacienda, ni más ni menos que el presidente del banco central autónomo, en el desespero les solicitó la colaboración a los gremios para congelar los precios en forma generalizada.

La explicación es simple. Estamos ante el fracaso de la teoría de la Universidad de Chicago, de que la inflación es un fenómeno monetario y de su materialización en el Banco Central autónomo que opera exclusivamente sobre la tasa de interés. La elevación de la tasa de interés reduce la actividad productiva, introduce riesgos de crisis financiera y no afecta mayormente la inflación. A su turno, la baja de la tasa de interés causa devaluación y en las circunstancias de alzas de precios internacionales, induce fuertes presiones inflacionarias. En Estados Unidos la aplicación reiterada del mecanismo precipitó la crisis del sector financiero y terminó en estanflación.

El error del Banco de la República proviene de su dependencia en reglas predeterminadas y en la falta de análisis basado en las realidades propias. Sus directores no han logrado abandonar el dogma de que la inflación es un simple fenómeno monetario. No advirtieron que el alza de la inflación en el último año y medio no se originaba en el déficit fiscal ni en la expansión del crédito, ocasionada por una tasa de interés inferior a la internacional. Como lo hemos señalado varias veces en esta columna, se debía, más bien, a la entrada masiva de capitales contratados a bajas tasas de interés que causaban revaluación y se movilizaban al mercado de capitales disparando las importaciones y presionando al alza los precios de los bienes no transables. Si a esto se agrega el alza de los precios internacionales de los alimentos y las materias primas, es fácil entender la coexistencia de inflación y revaluación de tipo de cambio. Así las cosas, el alza de la tasa de interés resultó peor que la enfermedad, porque acentuó la entrada de capitales y profundizó la revaluación, emitiendo un mensaje de insostenibilidad e incertidumbre.

¿Cuál es la solución? Ante todo, detener el alza de la tasa de interés, y abrir el debate sobre la adopción de acciones administrativas selectivas, que causan escozor en los círculos neoliberales y son indispensables cuando fracasan las políticas generales de mercado.

La idea, insinuada en varias oportunidades en esta columna, la estropeó el Ministro de Hacienda al presentarla como un control generalizado de precios. Ciertamente, una solución de esta naturaleza es un contrasentido en una economía abierta, donde la mayoría de los precios son determinados por la competencia internacional. En los mercados de precios flexibles, como los alimentos, causaría la desaparición de los productos y desabastecimiento, y en los bienes transables resultaría inefectiva. El margen de maniobra se limita a los bienes no transables que poseen poderes monopólicos y los emplean para subir los precios cuando se presentan presiones de demanda, y a la adopción de subsidios para los alimentos e insumos que han experimentado grandes alzas en los mercados internacionales.

En fin, si la inflación se origina en las entradas de capitales y en alzas puntuales de precios internacionales, la solución es elemental. La intervención en el tipo de cambio y el freno a la entrada de capitales reducirían la presión sobre la demanda de los bienes no transables, y en conjunto con la aplicación de controles de precios a las actividades monopólicas y subsidios a algunos alimentos, bien podrían compensar el impacto de elevación del tipo de cambio sobre los precios de los bienes transables. Por este camino se lograría el múltiple propósito de moderar la inflación, revertir la revaluación y evitar la desaceleración de la actividad productiva.

Frente al fracaso de la teoría y las instituciones inspiradas en ella, el mayor drama está en la reticencia de los gestores a abandonar las viejas prácticas. El dictamen de los hechos les plantean al Banco de la República y al equipo oficial dejar de lado el dogma de la elevación de las tasas de interés, y reemplazarlo por la revisión de la meta de inflación, los controles de capitales, la intervención en el mercado cambiario, los subsidios a los alimentos y los controles a los precios de los bienes no transables de naturaleza monopólica.

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