Por: Alfredo Molano Bravo

El despelote

HAY TEMAS A LOS QUE  NO SE LES PUEde escurrir el bulto así se les tenga un poco de asco, como el que sienten los toreros a ciertos toros.

El enredo en que estamos de Corte en Corte, de instancia en instancia, de tribunal en tribunal, obliga a manosear términos jurídicos y, lo que es más aburrido, a entenderlos. Me refiero, claro está, al espectáculo que se viene dando frente a una opinión pública cada vez más polarizada y a un país cada vez más desorientado: la reelección de Uribe. Porque, sin duda, de eso se trata. La huida hacia adelante por la que optó el Gobierno es una de esas jugadas clásicas de tahúr arrinconado.

Ante el pronunciamiento de la Corte Suprema de Justicia, lo prudente, como dicen las autoridades en la materia, sería esperar a que la Corte Constitucional defina lo que en su sabiduría “estime conveniente”. El alto gobierno, pasándose por la faja a la Corte Suprema –pero en el fondo también a la Constitucional–, resolvió que el Congreso llame a un referendo para repetir la elección de 2006.

Confían Uribe y sus asesores –para dar a estos socios algún título que me evite comparecer ante un juez– en que el 84% de la popularidad que botan las encuestas se convierta en votos y así, sin tanta vuelta, ser elegido para un nuevo cuatrienio que comenzaría en 2008 y terminaría en 2012, aunque con lo matrero que es el Gobierno, la Registraduría podría convocar a elecciones sólo hasta el año 2010 para que, brincándose todo procedimiento, Uribe terminara gobernando, como siempre ha querido, por lo menos hasta 2014.

 La autorización para convocar el referendo la sacará con la siniestra mayoría con que cuenta en el Congreso y que conserva al haber enterrado la ‘silla vacía’; o sea, con los votos de aquellos que han reemplazado a los parlamentarios que están en la cárcel o que están a un paso de entrar, los parapolíticos. La reacción de Uribe hacia la Corte Suprema es verdaderamente artera: intimida de hecho la decisión que pueda tomar la Constitucional, al acusar a la Sala Penal de “aplicar justicia selectiva” y, como si fuera poco, de hacerles la segunda a los arcángeles y a los terroristas. La reacción de Uribe es un mandoble brutal al Poder Judicial y, sin duda, una fórmula para tratar de anularlo o someterlo a sus ambiciones políticas.

Los asesores del tirano en ciernes –o los ideólogos de una “dictadura populista”, como la llamó Carlos Gaviria– confían en que la nueva elección, la tercera, contaría con los mismos votos que lo eligieron en las anteriores. Creo que no sea así por una simple y llana razón: los paramilitares que arriaron a pistola limpia por lo menos al 30% de votantes a las urnas, se deben sentir traicionados por Luis Carlos y por el mismísimo Presidente.

¿Puede uno suponer que Mancuso, Jorge 40 o Don Berna –para citar sólo los más nombrados arcángeles de las votaciones pasadas– están contentísimos, satisfechos en las cárceles de EE.UU. y muy reconocidos con el Gobierno y con los dirigentes que los tienen en las que están? Con franqueza, lo dudo.

Al perro, dirán ellos, no se la hacen dos veces, y menos tres. Echando números: sin el apoyo del 30% no será posible la reelección de Uribe al tercer mandato y si a esa cifra se resta el descontento que ha venido creciendo como lo sugieren las propuestas de alianza electoral contra la reelección que hemos oído en estos días, la  hecatombe se le vino encima al Gobierno al salirle el tiro por la culata.

 

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