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hace 31 mins
Por: Aura Lucía Mera

El despelote de Avianca

UNA COSA ES LA LOABLE EXPANsión de Avianca, que de aerolínea familiar y doméstica pasó a convertirse en una compañía internacional, con equipos nuevos de todos los tamaños y numeraciones, y otra muy diferente es lo que está sucediendo actualmente. Me refiero al servicio al cliente.

 

Lo digo con conocimiento de causa, porque he sido, en las buenas y en las malas, fiel a Avianca. En contadas excepciones he volado, doméstica o internacionalmente, en otra aerolínea. No sé por qué lo hago. Tal vez porque así como prefiero enfermarme y morir en Colombia, prefiero también sudar de pavor en los cumulus sentada “en lo nuestro”.

Pero una cosa es que cinco mil personas sean ahora “dueños” de Avianca, que triunfe en la bolsa, que sea rentable, y otra es que sus pasajeros sufran en carne propia los desórdenes que estos estiramientos producen. Crecer duele. A todo adolescente le duelen los huesos. Pero nosotros no somos los huesos de Avianca. Somos su alma.

Es absurdo que para poder viajar a Cali, Cartagena, Manizales, Barranquilla, Cúcuta, tengamos que pasar por Bogotá obligatoriamente. Un viaje que en sí demorará hora y media, ejemplo Cali-Cartagena, se puede convertir en uno de siete horas. Entre madrugones, transbordos, retrasos y “mal tiempo” nos tiramos, por decirlo de forma vulgar, todo el santo día.

Tampoco me parecen dignas las famosas “multas” cuando necesitamos cambiar la fecha o el día del viaje. No hay derecho para que entre Cali y Bogotá tengamos que desembolsar noventa mil pesos extras para lograr el cambio, así lo hayamos reportado con anticipación.

En cuanto a lo internacional, la atención en Sao Paulo, en el counter de Avianca-Oceanair, es patética, por decir lo menos. Una tromba de funcionarios que no hablan media sílaba de español. Prepotentes y malencarados El transbordo de las maletas se vuelve una odisea. En Madrid no es mejor. Las oficinas las atienden xenófobos engominados que no entregan ninguna información que pueda ayudar al usuario que necesita orientación. Y, últimamente, el despelote en las rutas nacionales ha adquirido categoría de caos. La semana pasada casi hay puñetazos y mechoneadas entre los pasajeros de Barranquilla-Bogotá y Cali-Bogotá. Descortesía. Informaciones distorsionadas. Los empleados de Avianca llamaron la policía “para impedir el desorden entre los pasajeros”, cuando la labor de los uniformados, en este caso, debería ser velar por los usuarios.

Nadie tiene la culpa de las torrenciales lluvias, de la niebla que se pone como un mantel blanco sobre la cabecera de Eldorado. Pero es obligación de Avianca tener un Plan B, que no lo tiene. Eldorado no es el ombligo de Colombia.

Como reza el refrán: “tanto maquilló el diablo a su hijo hasta que al fin lo dejó tuerto”. Tanto se está estirando Avianca a todos los continentes, que se le está saliendo de las manos. El buen servicio se está esfumando. Se está convirtiendo en una aerolínea impersonal, hierática. Ojalá sus propietarios y nuevos accionistas, los que se forran los bolsillos a cuenta de nosotros los usuarios, no se caigan del sofá... Las cuerdas se rompen siempre por lo más delgado.

 

 

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