Por: Armando Montenegro

El despelote suramericano

Los disturbios en Chile dejaron muertos, incendios, destrozos y desconcierto. El gobierno de Ecuador tuvo que echar para atrás el alza de la gasolina. Argentina, en recesión y con una inflación de más del 50 %, va a elegir al candidato peronista. Vizcarra cerró el Congreso peruano y convocó a nuevas elecciones. Y la criminal dictadura de Maduro reprime brutalmente a los venezolanos.

Esta situación no es únicamente el resultado de graves problemas políticos y económicos propios de cada país. Tampoco es fruto de una coincidencia continental. Es evidente que, como afecta al mismo tiempo a todos, existen algunas causas comunes, entre ellas, el estancamiento económico y social después de años de buenos precios de las materias primas, la vulnerabilidad de amplios grupos que acaban de salir de la pobreza y, por supuesto, los grandes escándalos de corrupción.

Los buenos precios del petróleo y otros commodities mejoraron la situación fiscal de casi todos los países y permitieron que se hicieran inversiones sociales y de infraestructura; las economías crecieron, y cayeron el desempleo y la pobreza. Los gobernantes de todos los matices —Chávez, Uribe, Lula y los Kirchner— ganaron una gran popularidad y muchos se creyeron el cuento adoptando posturas mesiánicas. Se habló, por fin, de la “década ganada” de América Latina. Esto no duró mucho.

Con la caída de los precios internacionales comenzaron los problemas. Las economías dejaron de crecer y, sin recursos pero con un elevado gasto público, aparecieron los grandes déficits fiscales. Aumentó el desempleo y, con frecuencia, la inflación. Para hacer frente a la escasez de recursos, los gobiernos intentaron, sin éxito, ajustes impopulares como los de Quito, Santiago y Buenos Aires.

El malestar se convirtió en indignación con la revelación de los grandes escándalos de corrupción, incentivados también por la plata fácil de los buenos años. Se conoció la dimensión de los negociados de Lula, Correa, Cristina y sus secuaces. Aparecieron los chanchullos de Odebrecht a lo largo del continente, con políticos, jueces y contratistas por todos lados untados. Se erosionó la confianza en los partidos y las instituciones. 

Donde se permitieron elecciones libres, los ciudadanos indignados retiraron a los gobiernos en ejercicio y le dieron un chance a la oposición. Así se fueron Lula, Cristina, Correa y Bachelet. Para impedir su caída, Maduro, Ortega y ahora Evo amañaron las votaciones. Casi todos los presidentes de hoy son débiles, impopulares y carecen de mayorías parlamentarias.

Numerosos analistas piensan que las expectativas de las frágiles nuevas clases medias —en alto riesgo de volver a la pobreza— se frustraron con el estancamiento económico, la desigualdad, la escasa movilidad social y la corrupción. En esta situación, han bastado medidas torpes e imprudentes para que estallara una ola de rabia e indignación.

Los incendios, las pedreas y los muertos no arreglarán los problemas. Tampoco lo hará el regreso revanchista de Cristina, Correa o sus seguidores —como ya ha ocurrido antes, el populismo y la corrupción ahondarán la crisis—. Se necesitan reformas políticas y sociales profundas dentro de las reglas democráticas, en medio de un amplio proceso de diálogo. Esto no será fácil en medio del estancamiento de la economía internacional.

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2019-10-27T00:00:32-05:00

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2019-10-27T01:00:01-05:00

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