Por: Luis Carlos Reyes

El desperdicio de enseñar a hacer caso

No he podido dejar de pensar en una columna que Daniel Coronell publicó el año pasado, y que no tiene nada que ver con el presidente Uribe ni con política, pero apunta a un problema serio de nuestra sociedad.

Coronell cuenta la historia de un profesor del bachillerato que lo puso a transcribir las 50 páginas que llevaba escritas en el cuaderno, a causa de tachón solitario en una de ellas. Como resultado, cuenta Coronell, terminó memorizándose las etimologías griegas y latinas que tuvo que transcribir por días. Aunque sigue cuestionando los métodos de su profesor, el periodista termina dándole las gracias por lo aprendido.

Es afortunado que, como lo demuestra su trayectoria, Coronell no aprendió la principal lección implícita en el enfoque de su profesor: que hay que hacer caso sin cuestionar a la autoridad, por arbitraria que sea. Qué bueno que, además, se le haya quedado algo tan bello como las etimologías.

Pero en mi experiencia como profesor universitario, veo que a la mayoría de los estudiantes ese tipo de métodos les genera una cierta resignación a seguir directrices simplemente porque vienen de arriba, a obedecer y a “dejar así” para no meterse en problemas. Estas lecciones sirven para crear una sociedad dócil, pero para nada más. No forman miembros de una sociedad civil activa que se apropie del destino de su país, ni una en la cual se premie la creatividad, y son métodos que los educadores harían bien en dejar de lado.

El problema de quienes quieren hacer caso antes que pensar lo veo con varios de mis estudiantes, a quienes me cuesta convencer de que hagan lo contrario. Acostumbrados por sus profesores de colegio a memorizar y a hacer planas que no entienden, con el único fin de aprobar exámenes, nunca se aventuran a dar respuestas creativas. Es más: le tienen terror a desviarse siquiera un poquito de lo visto en clase.

A veces, por ejemplo, resuelvo un problema matemático en el tablero en el cual los parámetros son alfa y beta, y si en el examen planteo el mismo problema pero con gama y delta, mágicamente las respuestas de algunos quedan en términos de alfa y beta. La experiencia les ha enseñado que lo que se premia es repetir palabra por palabra lo que diga el que está arriba, y si se les confronta con una situación en la cual la tarea no es repetir sino aplicar y extrapolar, quedan griegos.

Si bien el que está arriba del estudiante hoy es el profesor, mañana puede ser un jefe que está buscando su verdadera opinión y soluciones creativas a un problema, pero que termina oyendo únicamente el eco de sus palabras en la voz del empleado. Peor aún, quienes se acostumbran a que su papel es hacer caso sin cuestionar a la autoridad llegan después a ser superiores que toman como un irrespeto las opiniones francas de sus empleados, y desaprovechan así el talento que tienen a su disposición.

A nivel social, la costumbre de hacer caso y “dejar así” nos hace resignarnos a los funcionarios y políticos corruptos, y a consensos de que es mejor no cuestionar el estado actual de las cosas, porque “para qué se pone”.

Ojalá desde el colegio a todos nos enseñaran a ser un poquito más contestatarios, a ser desjuiciados. Los mejores profesores que tuve en el colegio fueron los que nos invitaban a cuestionarlos a ellos y a todo lo que nos enseñaban. Espero que algún día este sea un valor compartido por todos los docentes de los colegios colombianos.

* Ph.D., profesor de Economía de la Universidad Javeriana.

Twitter: @luiscrh

803764

2018-08-01T22:00:25-05:00

column

2018-08-01T22:15:00-05:00

jrincon_1275

none

El desperdicio de enseñar a hacer caso

39

3860

3899

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Luis Carlos Reyes

La inutilidad de las tarjetas profesionales

¿La formalización de la mermelada?-

El terror contra la restitución de tierras