Por: Mauricio Jaramillo Jassir

El desplome de Brasil

¿Es esta la peor crisis de la democracia brasileña desde que se implantó en 1985? No caben dudas, pues los agravantes, lejos de dispersarse, se multiplican y aparecen nuevos detalles que hacen que cientos de brasileños se sumen a las protestas. Las mismas terminarán por acabar con un mandato ilegítimo de Michel Temer o por conducir al país a un abismo del que difícilmente saldrá antes de las elecciones presidenciales del año que viene.

Esta crisis institucional que no tiene antecedentes desde el restablecimiento de la democracia empezó por el proceso mal concebido y abiertamente ilegal que derivó en la salida abrupta de Dilma Rousseff, mandataria que terminó pagando el precio de que el Partido de los Trabajadores se negara a apoyar a Eduardo Cunha cuando éste fue acusado por fundados cargos de corrupción, hoy comprobados. La comisión que en el Congreso se encargó de investigar a Rousseff estuvo en buena parte comprometida en escándalos de desvío de fondos y, para colmo de males, Michel Temer, una vez encargado de la dura tarea de dirigir una transición, optó por permanecer en el poder, en lugar de adelantar las elecciones y permitir que, por la vía electoral, Brasil buscara el camino de un gobierno de unidad nacional.

Temer incurrió en dos errores crasos que actualmente han puesto a Brasil al punto del desplome: participar en la conspiración contra el Partido de los Trabajadores y cerrar los espacios para el adelanto de las elecciones, causas para entender la convulsión actual, mucho más grave que otras crisis en el pasado. El antecedente más similar data de 1992. El entonces presidente, Fernando Collor de Mello, fue destituido por tráfico de influencias y una red de sobornos, cuando la democracia brasileña apenas experimentaba sus primeros años. Fue una compleja prueba para el funcionamiento de mecanismos como el juicio político, pues debía recaer en manos de la justicia y del Legislativo, una responsabilidad que en el pasado se arrogaban los militares. El aparato castrense restablecía el orden a través de la trillada fórmula del establecimiento de un gobierno de salvación nacional. Así fue como en 1964, y con apoyo velado de la CIA, se arrebató del mandato popular a João Goulart, acción que abrió paso a uno de los períodos más oscuros de la vida brasileña entre 1964 y 1985.

Al menos en la destitución de Collor de Mello se activaron mecanismos propios del Estado de derecho, que hicieron pensar que esa crisis robustecía la democracia brasileña. No hay democracia por ausencia de crisis, sino porque una vez surgida, el sistema la tramita dentro de la constitucionalidad. Esta vez, a diferencia del pasado, el gobierno de Michel Temer no sólo ha sido puesto en evidencia por cargos fundados de corrupción, sino que, como agravante, ha decidido alejarse de cualquier posibilidad que contemple el adelanto de comicios. Todo aquello conspira contra la democracia brasileña y demuestra los efectos nefastos de los golpes parlamentarios.

* Profesor U. del Rosario.

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